QUISIERA IRME DE LOS ESTADOS UNIDOS

Por: Jorge Gustavo Castañón Cisneros

Es evidente y del conocimiento general que, si bien existen muchos connacionales con el interés de emigrar a los Estados Unidos, también existe un grupo considerable de los que ya están dentro (con o sin documentos) que guarda un constante sentimiento de retorno a su terruño.

No nos referimos a ese sentimiento obvio y normal que late y  prevalece en la mayorí­a del que emigra, un aliento de nostalgia que bien podrí­a ir acompañado de frases como: cuando muera quiero que me entierren al lado de mis padres allá en mi pueblo natal… o aquella otra: Cuando haya cumplido con mis hijos, me voy a ir a mi tierra a pasar mi vejez y disfrutar lo que haya cosechado…

Nos referimos a un triste sentimiento de no pertenencia cuya influencia en la vida diaria ya no es manejable y puede influenciar negativamente en el desarrollo normal del migrante consigo mismo, familia, trabajo y con su entorno en general.

Paulina obtuvo sus papeles mediante el conocido programa VAWA por violencia intrafamiliar dentro de los Estados Unidos. -Tú mejor que nadie viste con tus propios ojos el maltrato y abuso que sufrí­ y lloré por vivir ese infierno con mi ex pareja. Acuérdate de todas mis lágrimas y todo ¿por qué? Porque no tuve el valor de suicidarme… Ese maldito americano casi me mata.- Escribió a su hermana Isabel ví­a correo electrónico la semana pasada. Un texto cargado de depresión, de pesadez, de una profunda sensación de encarcelamiento en las rejas de la angustia.

-Acaso no te acuerdas de mi dolor por soportar todos los exámenes de las autoridades para que me creyeran que habí­a sido él quien me golpeó. Acaso olvidaste todas esas amenazas…- Paulina tiene una pequeña niña de 3 años, obviamente ciudadana americana, fruto de esa tormentosa relación que la mantuvo en más de tres ocasiones en terapia intensiva en el hospital del condado Monroe, South Carolina. –Me quiero largar de este pueblo maldito, no lo digo por el trabajo o porque este feo, sino por la gente malandra, racista que tanto daño me ha hecho. Quisiera irme, regresar con mi gente, ver las calles que recuerdo, llorar con papá, consolarme con mamá. Acá llegué sola y sigo sola en un lugar del que no me consideran parte…– continúa escribiendo.

Dado al procedimiento para la obtención de estatus legal dentro de los E.U., así­ como otros procesos iniciados, Paulina no puede salir de la Unión Americana. Quisiera regresar a México pero no puede. Esta situación ya comienza a afectar tanto su vida personal como laboral.

Citamos estas palabras no sólo como testimonio, escritas en ese medio digital por la mano y sentir de Paulina, oriunda de un pequeño municipio de Jalisco. Las citamos porque bien podrí­an ser de Juana, Martha, Cecilia, Mónica, Marí­a u otra connacional de cualquier municipio de nuestro Zacatecas. La vida del emigrante suele compartir muchos elementos en común con quien se va y quien se queda.

Hemos escuchado múltiples veces de mamás, papás y abuelitos que emigran con sus hijos o con sus nietos a los Estados Unidos, que su salida del paí­s se basa más en el deseo de un tercero que en una convicción personal. Su familiar les aplica y se los lleva. Llega un dí­a en el que se tienen que ir y permanecer dentro de los Estados Unidos de acuerdo a los términos de una Residencia Condicional o Permanente.

El cariño, la soledad, la enfermedad, la necesidad de la reunificación familiar y muchos factores mas interactúan para que se vayan con el pesar de abandonar su tierra, sus amigos, su historia. Pero lo hacen por amor a los suyos. En algún punto del tiempo uno de ellos decidió emigrar, hacer vida en la Unión Americana. Echar raí­ces y después, consideró que lo mejor era llevarse a la familia consigo a compartir esa decisión personal de vida.

Tiempo después, cuando la vida les permite regresar a su municipio, regresan con la melancolí­a traspirando por cada poro. Ahora son Residentes Permanentes de Nuevo México, Arkansas, California, Florida. Permanecen dos o tres meses para ver sus parcelas, para fumar un farito en la plaza o tomar una cervecita en la tienda del compadre.

–Pero pos yo quisiera quedarme aquí­ en mi paí­s. Nomas que mis hijos me quieren allá. Yo no sé pa’ que. Ellos de todas maneras trabajan muchas horas y ni nos vemos. Mi esposa y yo nos quedamos todo el dí­a en la casa. No hay pa’ donde salir. El desierto ta´refeo, hace mucha la calor, Lo único bonito son los casinos pero pos ni tengo dinero pa’ir y no entiendo nada del inglés.- Confiesa con su clásica voz aguardentosa Don Jesús quien es Residente Legal desde hace 8 años en la ciudad de Las Vegas en el estado de Nevada. Su esposa se enferma a menudo por cuestiones propias de la edad. Cada vez puede salir menos de los E. U. y venir a su municipio.

Se entristece porque aun tiene otros 3 hijos e hijas en México que no tienen visa para ir a visitarla. Don Jesús y su esposa quisieran regresar a donde su corazón dice que pertenecen. En el caso de ellos, a diferencia de otros migrantes que no pueden salir por no contar con documentos o porque algún proceso legal o administrativo se los impide, la edad y dificultades fí­sicas los han confinado a un lugar con el cual no sienten ninguna afinidad o identidad. Pero el amor a sus hijos, nietos o hasta esposos los hace ser participes de ese sueño americano soñado por una cabeza y corazón que no fue necesariamente el suyo.

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