MADRES VIVEN CON EL DOLOR Y EL ESTIGMA DE LA VIOLENCIA

Aguardan la “justicia divina” ante asesinatos y desapariciones

Por Patricia Mayorga, corresponsal

Chihuahua (CIMAC).- Madres y familiares de personas desaparecidas y asesinadas en la vorágine de la lucha contra el narcotráfico en el estado de Chihuahua, acusan que además del dolor de haber perdido a sus seres queridos, padecen el estigma social de ser ví­ctimas de la violencia desatada por el crimen organizado.

Entrevistadas por Cimacnoticias, ellas denuncian que tanto las autoridades como la sociedad en general no respetan su tragedia, toda vez que la percepción es que las ví­ctimas “algo tení­an que ver” con la delincuencia.

Las mujeres advierten que todos los dí­as deben enfrentar las historias y las fotografí­as violentas que publican los medios de comunicación, los cuales olvidan que detrás de cada ví­ctima hay una familia que sufre, padres y madres que perdieron a una hija o un hijo.

Ante la impunidad judicial prevaleciente, las madres, esposas o hermanas dicen ya no confiar en las autoridades, y que ahora sólo esperan la “justicia divina”.

Luisa forma parte del grupo “Madres en duelo”, creado hace dos años en uno de los templos religiosos de la capital del estado, con el fin de brindar apoyo psicológico y fortalecer con “la oración” a las mujeres que perdieron a un familiar debido a la ola de violencia.

El hijo de Luisa fue asesinado en 2008 a la edad de 23 años; él es uno de los miles de jóvenes que han sido ultimados en la lucha contra la criminalidad que padecen Chihuahua y el resto del paí­s.

Fue a través de “Madres en duelo”, con la oración, como ella –dice– aprendió a retomar su vida, a sobrellevar cada dí­a. “Es una terapia para vivir el dí­a a dí­a. Hay dí­as de ánimo y otros no. Yo misma me digo que tengo que salir adelante para sacar a mi hijo con apoyo de la familia”, explica.

Además de su hijo de 23 años, Luisa tiene otro hijo varón, por quien se propuso permanecer fuerte ante la adversidad.

La mujer, como el resto de las mamás que han perdido a un hijo, señala que la resignación no existe cuando se pierde al ser que llevaron en su vientre, al que amamantaron y vieron crecer cada dí­a hasta convertirse en un ser independiente.

Las palabras de consuelo hacia ellas (“lo siento mucho, sé lo que sientes, comprendo tu dolor”) se han convertido en dagas para quienes enfrentan el dolor de perder a un hijo de manera violenta.

“Si lo dejas pasar y no buscas apoyo, los padres se pueden hasta morir. Hay casos en que al mes, el papá o la mamá se han muerto por la depresión o por suicidio”, comenta Irma, otra integrante de “Madres en duelo”.

“No tenemos la cultura de prepararnos para que un hijo muera primero que uno, menos cuando mueren de esa forma violenta ni a la edad en la que murieron”, apunta Fabiola, otra mamá que acude a terapia.

VIVIR EN OTRA DIMENSIӓN

“A veces sí­ molesta que te digan ‘ahí­ la llevas’, ‘te ves muy recuperada’, como si ya me hubiera curado de una enfermedad. Y luego te preguntan ‘¿de qué murió tu hijo? ¿Qué edad tení­a?’. Cuando les dices que fue muerte violenta y su edad, te preguntan en automático: ‘¿andaba mal?’. Cuando te pasa esto vives como en otra dimensión”, relata Luisa.

“Nuestra vida se transformó totalmente. Nuestras ilusiones se acabaron. No entendemos cómo murieron llenos de vida, de ilusiones, de sueños. Lo que esperamos es la justicia divina y es lo único en lo que creemos”, recalca Ana, otra de las madres en duelo.
Las mujeres cuentan con el apoyo de una tanatóloga y una psicóloga que las asesoran. Ahora ellas apoyan con conferencias y pláticas a otras madres que acaban de perder a un ser querido.

“Los psicólogos quieren que seamos las mismas de antes, pero no se puede. Dios nos ayuda con la fe a caminar, pero la ausencia fí­sica es la que más duele”, comentan.

La hija de Ana fue asesinada con arma de fuego en una de las calles de la ciudad de Chihuahua. Tení­a apenas 21 años. “No hay cura para este dolor. Nunca se acepta eso, se acepta la voluntad de Dios y más si es el centro de la vida de uno. Cuando piensas que ya se superó no es cierto y las autoridades en muchos casos no ayudan con los trámites que se tornan burocráticos”, cuenta la madre.

Durante siete meses Ana permaneció en duelo, sola, hasta que la invitaron al grupo de autoayuda. “Mi vida ya no es normal. Lo que trato de hacer es no reavivar el morbo de la sociedad. Recibo apoyo psiquiátrico para dormir y para levantarme.

“Cuando pierdes a una hija pierdes la conciencia, pero tienes que atender a la gente en la funeraria, por ejemplo. Yo no podí­a llorar, estaba en shock, parecí­a que estaba sedada. Al principio sí­ sientes rencor, sí­ lo llegué a sentir. Te preguntas: ‘¿por qué nos pasó esto a nosotros?’”, narra la mujer.

TRABAS BUROCRíTICAS

Olga perdió a su hermano de 28 años en Ciudad Juárez. Desde pequeño él viví­a con ella, era como su hijo. El ví­a crucis inició cuando a él lo mataron. Olga tuvo que hacerse cargo de los trámites burocráticos. Llevaba a cuestas el dolor y las trabas fueron muchas, recuerda.

Ella recibió el apoyo de su esposo y sus tres hijos. Han enfrentado juntos el duelo, pero el resto de la familia se dividió. “A veces estas situaciones dividen a la familia, a otros los unen, son casos muy fuertes”, expresa.

Hace dos años, Norma perdió a una de sus hijas, quien tení­a 37 años. Buscaba una explicación a lo que estaba viviendo. “Les decí­a ‘dí­ganme que está viva’. La mente se defiende. Nunca sentí­ culpa ni resentimiento porque siempre tuve muy buena relación con mi hija”, cuenta.

Norma tiene dos hijas y nietas. Su hija era soltera. Al esposo de Norma le habí­a dado parálisis cerebral y precisamente su hija se habí­a ido a vivir con ellos para apoyar a su mamá en el cuidado de su padre.

El hijo de Hilda desapareció cuando él tení­a 20 años de edad. Ella se encerró para enfrentar sola el dolor. Tiene dos hijos más. Durante el tiempo que duró desaparecido el dolor fue casi insoportable porque la incertidumbre de encontrarlo vivo o muerto es indescriptible, relata.

Cuando encontraron a su hijo sin vida “fue mucho dolor, no podí­a creer lo que habí­a pasado”. El grupo le ha ayudado a sobrellevar el duelo y aprendió a canalizar sus emociones, a llorar cuando está sola, a llorar en serio.

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