LA CULTURA DEL DEPORTE

Por: Profr. y Lic. Catarino Martí­nez Dí­az

Luego de tomar un par de semanas de descanso en el trabajo, retomo con renovados brí­os y como parte del gusto por escribir, esta columna de participación a la que he sido invitado por mi amiga la periodista Rosy Quiñones. Actividad que me permite ejercer uno de los derechos universales más importantes de la humanidad como es la manifestación de las ideas, concebida como un imperativo del desarrollo social y soporte fundamental sin duda, de la democracia misma. Escribir y expresarse tarde o temprano va dejando huella sobre los caminos y aún sobre las ásperas rocas que de pronto se atraviesan en los senderos de la participación colectiva.

Las olimpiadas de Londres 2012, nos hacen recordar el rito griego y la tradición histórica que asociada a nuestros dí­as, me hace decir que el mejor antí­doto de la guerra sin lugar a dudas es el deporte. Es preferible ver a un par de personas corriendo por llegar a la meta, que verlas corriendo para huir de las balas o del asalto; es mejor verlas esforzadas en llegar a la meta, que correr para esconderse de una confrontación armada y al borde del homicidio entre grupos rivales, o huir de las granadas puestas con el fin de generar el mayor daño posible.

Ha resultado impresionante en estos juegos olí­mpicos por ejemplo, ser testigos de los levantadores de pesas, particularmente en la categorí­a de superpesados, a un par de competidores iraní­es levantando sobre sus hombros cifras cercanas a los 200 kg, acumulando más de 400 en una sola jornada, como si en el esfuerzo pretendieran subir al mundo entero sobre sus hombros, para decirle a la humanidad que Irán, también tiene el rostro amable de la competencia pací­fica y deportiva. El deporte pues, es la forma civilizada de la convivencia fraterna que mucho nos enaltece como especie sobre la tierra.

Estoy convencido que subirse al pódium de triunfadores para recibir la medalla de oro, es como subirse a la cima del mundo donde se sublima el espí­ritu indómito del ser humano. Ganar una competencia deportiva es el reflejo de un trabajo sistemático en la cultura del cuerpo y del alma. Es la salud plena del individuo que exalta aptitudes y perfecciona destrezas, habilidades y aprendizajes que se van adquiriendo a base de trabajo, sacrificios y esfuerzos, es la mente en toda su expresión sublime.

Conmueve también y motiva a la reflexión profunda, presenciar a dos participantes musulmanas en la carrera de 800 metros, venciendo todo tipo de ataduras culturales y religiosas, compitiendo seguramente no para alcanzar la medalla de oro, lo hicieron para ganar la libertad de su alma, de su ser, de su dignidad. Miles de años ocultando sus rostros bajo los burkas (velo con que cubren el rostro las mujeres musulmanas) que sin decirlo esconden siglos de opresión, de menoscabo a la condición de mujeres por simples razones de género. Tanto la saudí­ árabe (Sarah Attar) como la palestina Woroud Sawalha llegaron en último lugar de sus respectivos hits eliminatorios, pero el público inglés con el grado cultural que tiene, las recibió de pie y con aplausos, como un merecido reconocimiento a sus victorias morales.

Cada vez más lejano va quedando el subterfugio de los bloques internacionales para hacer del deporte, la manifestación y continuidad de la llamada Guerra Frí­a, que quiérase o no exaltaba demasiado el mal entendido patriotismo y los sentidos de alineación ideológica. El nacionalismo de Hitler y la perniciosa Teorí­a del Superhombre, propiciaron una competencia descomunal entre negros y blancos en las Olimpiadas de Berlí­n en 1936. Jesse Owens el formidable atleta de color norteamericano, batió todos los récords y derrotó a cuanto competidor ario se le puso enfrente.

Las circunstancias polí­ticas e ideológicas llevaron a presenciar eventos tan sangrientos, como aquel de húngaros contra rusos, tan sangriento, por haber llevado sus diferencias polí­ticas e ideológicas, a la alberca olí­mpica de Melbourne Australia en los juegos de 1956. Ha resultado el juego más violento del olimpismo, propiciado porque los rusos acababan de invadir Hungrí­a el 4 y 10 de noviembre de ese año, para reprimir por ví­a aérea y terrestre una protesta estudiantil, donde los jóvenes húngaros condenaban la presencia soviética en su territorio. La desintegración de la Unión Soviética y la desaparición de la República Democrática Alemana, han contribuido enormemente a darle otro curso al olimpismo.

Respecto de la participación de México, es importante señalar que se comienzan a cosechar los frutos, del acierto institucional por realizar las “Olimpiadas Nacionales” infantiles y juveniles”, lo que desde años atrás vení­an haciendo otros paí­ses, hasta que el nuestro entendió que los talentos deportivos se cultivan desde la infancia.

El deporte como parte de la salud púbica, debe motivarse y difundirse de manera continua, para combatir enfermedades que se generan con el sedentarismo, obesidad, diabetes y enfermedades cardiovasculares, pero el deporte de alto rendimiento, debe comenzar desde la infancia y consolidarse en la juventud, para alcanzar los más altos niveles de competitividad. Estados de la República como Jalisco, Nuevo León, Baja California, Sonora y Yucatán, han hecho importantes avances en su infraestructura deportiva, por ello en las olimpiadas nacionales se refleja con resultados tangibles, su apuesta deportiva.

Llena de esperanza para Zacatecas que las instalaciones deportivas se multipliquen, la experiencia de los Juegos Panamericanos en Guadalajara fue excepcional, y próximamente los Juegos Centroamericanos en Xalapa Veracruz,  serán otro escaparte deportivo que motive a la niñez y juventud mexicanas. Zacatecas se prepara para el desarrollo deportivo con instalaciones acuáticas que permitirán a nuestros niños, un crecimiento deportivo de alta perspectiva de desarrollo. Contar con albercas olí­mpicas, permitirá a muchos interesados que hay en nuestro estado, cultivar el deporte de la natación con visión de futuro. Apostarle al deporte es apostarle al rescate de niños y jóvenes, por caminos de la salud del alma y espí­ritu.

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