Una Mirada… Los Borrados: El teatro de los seres cósmicos

Fotos: Juan Manuel Luna Navejas

Existe un sinnúmero de tradiciones a lo largo y ancho de nuestro territorio nacional, producto de una profunda sinergia promovida por diferentes culturas. En eso radica, esencialmente, la riqueza de nuestra lengua, nuestra historia y nuestras celebraciones, tanto litúrgicas como civiles. Presentamos a nuestros lectores una muestra del bagaje de tradiciones, esta vez, del norte de Jalisco, sitio vecino con nuestra entidad y que en mucho viene a ilustrar la lucha que, al final de cuentas, todo tenemos por dentro: el bien contra el mal.

Zacatecas, Zac.Hay una semana al año en que la tranquila vida de Huejuquilla El Alto es trastocada por la llegada bulliciosa de seres de las tinieblas, quienes, con su fragor de matracas, pitos y látigos, su picara desfachatez y arrogancia, se adueñan por varios días de este pueblo del norte de Jalisco. Son los borrados, los oprimidos, que durante la Semana Santa se convierten en los protagonistas de una alegoría que incorpora elementos cristianos y paganos, y que comúnmente se conoce como Judea.

El Cuero de Cochino, el Barrabás, la Muerte, los Judíos, con máscaras y cuerpos pintados de simbologías y colores que recuerdan las tierras ásperas y quemadas por el sol de esta región, escenifican una manifestación que corresponde a la luna llena posterior al equinoccio de primavera combinada con la Semana Santa. La matriz principal de esta Judea es amerindia y subordina los rituales católicos a la lógica de un teatro originario, en que se encuentran elementos míticos que vinculan Norteamérica con Sudamérica y el eje que va de San Blas, Nayarit, hasta Wirikuta, la ruta sagrada de los huicholes. De allí el carácter de farsa carnavalesca que presenta la fiesta, y la presencia de símbolos de la cultura wixárika, como el peyote y el tepe, un licor de maguey que producen los indígenas tepehuanos. Porque Huejuquilla, además de ser un pueblo de frontera entre estados —aquí se juntan Jalisco, Nayarit, Zacatecas y Durango—, se encuentra en los límites entre dos mundos: el occidental y el indígena, ya que está ubicado en la Sierra Madre Occidental, último asentamiento mestizo antes de que empiece un vasto territorio habitado por diferentes etnias originarias.

La celebración, que empieza el Jueves Santo para terminar el sábado anterior a la Pascua, tiene su origen en la Colonia, y se conformó como ahora la conocemos alrededor de 1860, en pleno Barroco europeo, periodo en que fue promovida por la misma Iglesia para evangelizar a los pueblos originarios de América, cuando entre los elementos centrales de la liturgia estaban la teatralización y la penitencia pública.

De allí deviene la característica principal de esta Judea: la violencia, que se materializa en  la continua “azotaina” pública. El Cuero de Cochino y los Barrabases, armados de chirrión, son desafiados —toreados, como dicen aquí—, por todo el que quiera someterse a esa forma de penitencia, recibiendo e intentando parar los latigazos nada más con un palito de madera y un sombrero de soyate. A la manifestación acuden personas del pueblo, de la región y paisanos que viven en Estados Unidos, y cada uno vive la experiencia de una forma personal: quienes para expiar alguna culpa, quienes haciéndose azotar porque es la tradición y siempre se hizo así en su familia, otros nada más para participar en la fiesta o tomarse sus productos típicos: además del tepe, comidas tradicionales de la zona y de temporada.

Sin embargo, este tipo de manifestaciones violentas fueron sucesivamente combatidas por la Iglesia en el siglo XIX, con lo que esta Judea se puede considerar como “truncada”:  le está prohibido vincularse a los elementos centrales de la tradición del Evangelio, como el Calvario y sobre todo la muerte de Cristo; por lo que la lucha cósmica entre la oscuridad (representada por los judíos) y la luz (Cristo), que es lo que está en juego en la Semana Santa, queda aquí en suspenso.

Hasta que las tinieblas, los borrados —así llamados porque la pintura corporal implica que se borra la personalidad cotidiana del ser humano, que se transforma en otro ser, en un ser cósmico— se retiran por su propia voluntad y reinicia la alternancia de días y noches.

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