Reconstruyendo el rompecabezas de la última gran extinción

Zacatecas, Zac.-Las geociencias involucran a especialistas de muy diversas disciplinas: geólogos, genetistas, biólogos marinos y moleculares, geofísicos, paleontólogos… convirtiendo a este campo en una interdisciplina, en la que cada área del conocimiento contribuye a entender cómo es que se ha recuperado la vida después de cada extinción, que de acuerdo con los expertos, han sido cinco las que han ocurrido en distintos periodos geológicos de la Tierra: Ordovícico, Devónico, Pérmico, Triásico y Cretácico.

“La extinción es un proceso natural que ha ocurrido en distintos momentos de la evolución de la Tierra. En particular una extinción masiva es el evento durante el cual una gran proporción de la biota es exterminada en un periodo muy corto en la escala del tiempo geológico. Entre cinco y 15 000 millones de especies han existido en la Tierra en algún tiempo. Solo una de cada mil especies aún está viva, esto quiere decir que el 99.9 % se ha extinguido, lo que nos lleva a reconocer que cada especie en algún momento desaparecerá”, señaló la doctora Ligia Pérez Cruz.
La misión que busca reconstruir paso a paso qué ocurrió con el planeta durante la quinta y última gran extinción a partir de los registros que han quedado impresos en las rocas es un sueño para muchos geofísicos y que la doctora del Instituto de Geofísica (IGEF) de la UNAM hizo realidad al haber sido integrante de la plataforma Myrtle Clase 245, que de abril a junio del presente año realizó trabajos de perforación con fines científicos en el cráter de Chicxulub en el mar de Yucatán, el cual busca entender cómo fue el impacto de un asteroide en la Tierra que provocó la extinción del 75% de la biodiversidad y el cual marcó el fin del periodo Cretácico.
“El papel de Chicxulub en el fin del periodo Cretácico e inicio del Paleógeno (K/Pg) y su excepcional estado de conservación lo convierten en un importante laboratorio natural para el estudio tanto de la formación de cráteres de impacto en la Tierra y en otros planetas y los efectos de los grandes impactos sobre el medio ambiente y la ecología de la Tierra”, comentó la jefa del Departamento de Geomagnetismo y Exploración Geofísica del IGEF.
El cráter tiene un diámetro de 200 kilómetros, la mitad se encuentra en tierra continental y la otra en el mar. El interés por estudiarlo parte de que es la formación mejor conservada de las que existen de ese tipo en el planeta.
Durante la plenaria titulada “Viaje al Chicxulub: la última gran extinción” en la Reunión General Ciencia y Humanismo II de la Academia Mexicana de Ciencias, la investigadora añadió que este cráter es muy particular porque “es la única estructura de impacto terrestre que se conoce que se ha vinculado directamente a un evento de extinción masiva hace 65.5 millones de años. Es el único bien conservado de los cráteres de impacto en la Tierra; es el único cráter terrestre con una capa de material que tiene una distribución mundial y es la única estructura de impacto terrestre con un rasgo topográfico conocido como el ‘anillo de picos’”.
Es un cráter multianillado que se caracteriza por elevaciones semicirculares que semejan una cadena de montañas y que están por encima del fondo del cráter. El proyectil de impacto era un asteroide condrítico de un diámetro de 12 a 14 kilómetros y el blanco un mar somero carbonatado; el proyectil penetró 3 000l kilómetros de calizas, carbonatos y anhidritas principalmente, y la profundidad de excavación fue de 23 a 30 kilómetros.
Por sus características y morfología el cráter de Chicxulub permitirá entender a otros cráteres en el Sistema Solar como la Luna; además que cuando chocó contra la Tierra, el impacto fue tal que las rocas de Yucatán dieron la vuelta al planeta y fueron transportadas a 6 000 kilómetros, hasta el continente europeo, por lo que una de las interrogantes es entender la dirección que siguió el bólido, “un pedacito de Yucatán nos está representado en todo el mundo”, comentó Pérez Cruz.
El descubrimiento
La alta concentración de iridio, elemento abundante en meteoritos, en muestras rocosas de finales del K indicaban que algo había sucedido pero no se sabía dónde, lo que llevó a explorar regiones donde este elemento estuviera en cantidades elevadas, como el Golfo de México y el Mar Caribe.
“Un estudio de exploración geofísica llevado a cabo por Petróleos Mexicanos en la región norte de la península de Yucatán en los años setenta, coordinada por el maestro Antonio Camargo Zanoguera, gerente de exploración en aquella época, y Glen Penfield, reveló la forma de un cráter cubierto, localizado parte en el mar y parte en tierra. Es así que se pudo ubicar el centro del cráter en la localidad de Chicxulub”, dijo la integrante del Grupo Científico de la Expedición 364.
Un par de décadas después, en los años noventa, se inició una serie de perforaciones y estudios con enfoque científico en el cráter liderados por el doctor Jaime Urrutia Fucugauchi, investigador del IGEF-UNAM y presidente de la AMC, quien creó el Programa Universitario de Perforaciones en Océanos y Continentes del instituto de la UNAM. El geofísico encabezó la perforación de ocho pozos en la parte del cráter que se encuentra en la península con la participación de investigadores nacionales y extranjeros.
Con la plataforma de la misión internacional Expedición 364 se perforaron 1 400 metros del fondo marino para extraer diversas muestras rocosas de distintas profundidades para estudiar distintos momentos geológicos para tratar de responder, entre otras preguntas, cómo se recuperó la vida después de la extinción masiva y cómo es que hay microorganismos y una biomasa muy característica que se ha adaptado al entorno. La especialista en paleoceanografía y paleoclimas agregó que en septiembre el equipo internacional se reunirá en Bremen, Alemania, para continuar con la siguiente etapa de la investigación.
La Expedición 364 se realizó con el apoyo del International Ocean Discovery Program y el International Continental Scientific Drilling Program, participaron 33 científicos provenientes de Estados Unidos, Japón, China, Nueva Zelanda, México y seis países europeos más. Por parte de México el grupo que participa está liderado por el doctor Jaime Urrutia Fucugauchi, Mario Rebolledo Vieyra, investigador del Centro de Investigaciones Científicas de Yucatán, y la propia Ligia Pérez Cruz.

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