Por su vastedad, la arqueología y la epigrafía maya dan para 200 años más de estudio

El especialista en historia, arte y epigrafía de la cultura maya Erik Velásquez García reconoce que conforme las investigaciones avanzan se mejora la interpretación y la comprensión de los textos jeroglíficos mayas (Foto: Luz Olivia Badillo/AMC.)

El especialista en historia, arte y epigrafía de la cultura maya Erik Velásquez García reconoce que conforme las investigaciones avanzan se mejora la interpretación y la comprensión de los textos jeroglíficos mayas (Foto: Luz Olivia Badillo/AMC.)

Zacatecas, Zac.-Pasado y presente convergen en los estudios de la cultura maya. Las interpretaciones recientes respecto a su arquitectura, vida cotidiana, religión y tradiciones son más precisas que antes gracias al trabajo interdisciplinario entre lingüistas, historiadores, historiadores del arte, epigrafistas —que conocen e interpretan las inscripciones— y arqueólogos de la cultura maya.

La civilización maya abarcó el oriente de Chiapas y Tabasco, así como los estados de Campeche, Quintana Roo y Yucatán en su totalidad, y los países de Belice y Guatemala, como también los extremos occidentales de Honduras y El Salvador. Su auge tuvo lugar del año 250 hasta el año 910, si bien los mayas ya existían muchos siglos antes de este periodo y lo siguen haciendo hasta el presente.

En este territorio, de unos 325 mil kilómetros cuadrados, se ha hallado una gran variedad de estilos arquitectónicos, escritura jeroglífica, idiosincrasias calendáricas, expresiones artísticas y regionalismos idiomáticos, sociales y religiosos que se reflejan en los textos.

“A partir de 1998 hubo una revolución en los estudios sobre la cultura maya, pues empezaron a trabajar juntos epigrafistas y lingüistas. Fue una decisión muy sana porque los lingüistas trabajaban con los hablantes mayas actuales y no se interesaban por la escritura maya antigua, y viceversa, los epigrafistas no entendían a fondo cómo se estudian y cómo se comportaban los idiomas mayas, ni su evolución. Hoy, por vez primera, podemos documentar con testimonios escritos cómo fue cambiando este grupo de idiomas indígenas en tiempo real”, señaló Erik Velásquez García.

El especialista en historia, arte y epigrafía de la cultura maya explicó que tres factores han abonado a esta interpretación más precisa. En primer lugar, contar con un corpus abundante; en el caso de los mayas hay al menos 15 mil inscripciones jeroglíficas de diferentes lugares. 

El segundo es que desde el siglo XIX se sabe que la lengua representada en ese conjunto de textos escritos pertenece a la familia maya o mayance (compuesta por al menos 28 o 30 idiomas diferentes, cada uno, a su vez, con sus propias variantes dialectales) cuyo origen converge en una sola lengua ancestral: el protomaya, que fue hablado en el año 2200 antes de Cristo (a. C.) en las montañas de los Altos Cuchumatanes, cerca de Soloma en el departamento de Huehuetenango, Guatemala. 

El último factor es la existencia de un “biescrito”, un documento redactado en dos sistemas de escritura diferentes, compuesto en el siglo XVI por fray Diego de Landa, guardián del convento franciscano de Izamal, que participó en la evangelización de Yucatán. Él registró en el “biescrito” conocido como Relación de las cosas de Yucatán los nombres y jeroglíficos de los días y meses del calendario maya, así como un “alfabeto” o “abecedario” jeroglífico, con sus glosas o interpretaciones en alfabeto latino, del cual se sabe que en realidad es un silabario, es decir, se representan signos que indican un sonido sin significado inherente, de estructura consonante más vocal. 

El coordinador del Posgrado de Historia del Arte del Instituto de Investigaciones Estéticas de la Universidad Nacional Autónoma de México explicó que diversas obras artísticas mayas tienen el componente de las palabras escritas (textos jeroglíficos) y a un lado las escenas no verbales o silentes que acompañan al o a los textos. 

“Los epigrafistas han desarrollado dos métodos principales para descifrar jeroglíficos mayas. El primero consiste en encontrar una relación lógica entre textos escritos e imágenes iconográficas, mientras que el segundo método es el análisis estructural, que consiste en detectar y comparar frases o secuencias de jeroglíficos repetitivos como los nombres propios de las personas, dioses o lugares, que debido a su propia naturaleza suelen repetir la misma secuencia de signos. 

Por ejemplo, en “Enrique”, donde siempre se repite la secuencia de grafemas E-n-r-i-q-u-e. En dichos contextos los mayas siempre utilizaban más o menos la misma secuencia de jeroglíficos, con ligeros cambios dependiendo del estilo o preferencias de cada escriba”.

Al emprender el análisis comparativo de tales estructuras recurrentes de signos, los epigrafistas pueden detectar el valor de lectura de jeroglíficos mayas desconocidos, reconstruir porciones erosionadas, rotas o perdidas, o encontrar la sustitución fonética de algunos logogramas o signos-palabras (por ejemplo, si en vez del logograma “2” encontráramos un ejemplo escrito fonéticamente, como “dos”, lo que nos llevaría a determinar el valor de lectura del signo “2”).

Hoy en día se pueden leer jeroglíficos de diferentes épocas. El investigador Erik Velásquez García sostuvo que el material de estudio es vasto, hay al menos 15 mil textos jeroglíficos y éstos siguen aumentando tras nuevos hallazgos; además de que los textos ya estudiados se pueden volver a interpretar mediante nuevos enfoques o propósitos, se pueden volver a traducir y mejorar su comprensión. 

“Estas nuevas interpretaciones servirán para estudiar la historia de los mayas, así como la evolución de los idiomas mayances y su diversificación, o para comprender el arte maya y la relación imagen-texto. Creo que tenemos material para 200 años más de investigación”.

Solo por poner un ejemplo, en Campeche hay aproximadamente 580 sitios arqueológicos, de los cuales se han excavado científicamente a lo sumo 14 o 15; y aún en el caso de este pequeño puñado de sitios las excavaciones están en ciernes.

“Hay todo por hacer, todo por descubrir, pero como es muy costosa la arqueología y es un trabajo en equipo, vamos muy lento”, dijo el ganador del Premio de la Academia a las mejores tesis de doctorado en Ciencias Sociales y Humanidades de 2010 y del Premio de Investigación de la Academia Mexicana de Ciencias (AMC) 2013.

Los especialistas de la cultura maya provienen de distintas partes del mundo, en las pasadas décadas de los 70 y 80 eran principalmente estadounidenses y alemanes, pero ahora hay comunidades de mayistas en México y Guatemala, y se ha incrementado el interés de los europeos de todas las regiones, desde Rusia hasta Portugal, quienes cada año realizan congresos para discutir los avances a sus investigaciones.

En México, no obstante, aún hay pocos epigrafistas. El experto, que forma parte del comité académico de la Olimpiada Mexicana de Historia de la AMC, relata que cuando él iniciaba en ese campo de estudio solo había dos especialistas, y en la actualidad hay unas 10 personas formadas en sus clases o con algún otro colega. Pocos tienen plaza en alguna universidad o centro de investigación del país, y otros se encuentran realizando becas posdoctorales o terminando sus estudios de posgrado. Reconoció que existe el reto de que se les ofrezca un trabajo formal en su especialidad que les permita colaborar en proyectos arqueológicos o filológicos de archivo.

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