Educación filosófica para la dignidad

Luca Scarantino, secretario general de la Federación Internacional de Sociedades de Filosofía (Foto: Elizabeth Ruiz Jaimes/AMC.)

Luca Scarantino, secretario general de la Federación Internacional de Sociedades de Filosofía (Foto: Elizabeth Ruiz Jaimes/AMC.)

Zacatecas, Zac.- No hay desarrollo científico y tecnológico, crecimiento económico, irradiación cultural y mejoría de la calidad de vida de una nación sin educación filosófica humanística, porque es lo que permite a los ciudadanos comprender la complejidad humana, cultural y social del mundo global, sostuvo el secretario general de la Federación Internacional de Sociedades de Filosofía (FISP), Luca María Scarantino.

El intelectual agregó que tampoco hay concordia social sin una educación que ayude a comprender las razones del otro, su perspectiva, sus tradiciones, hábitos y costumbres a veces tan diferentes de los nuestros. “Los filósofos debemos contribuir a la definición de un sentimiento cosmopolita empezando por renegociar el alcance y los limites mismos de nuestra disciplina”. 

Scarantino dictó la conferencia magistral “Educar a una ciudadanía universal con dignidad” el pasado miércoles en el auditorio Pedro Ramírez Vázquez, de la rectoría general de la Universidad Autónoma Metropolitana, como parte del Primer Coloquio Internacional “El significado de la filosofía en la educación”, una actividad de tres días. En su plática el pensador anunció que el 24 Congreso Mundial de Filosofía se celebrará el 2018 en Pekín, China, será una oportunidad histórica para hablar nuevamente del tema. 

En el marco del el Día Mundial de la Filosofía, que desde 2002 celebra la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) cada tercer jueves del mes de noviembre, Luca María Scarantino subrayó que “la filosofía, en tanto esfuerzo de comprender lo humano en su dimensión histórica y cultural, ya no puede estar confinada en un único horizonte cultural; debe más bien abrirse, integrando en su canon a una pluralidad de sistemas y tradiciones conceptuales”

Educar con dignidad

Para el investigador social, la dignidad contiene la idea crucial de disponibilidad, es decir, de devoción hacia los otros, y para que pueda haber integración e interacción, ya sea entre individuos, comunidades, sistemas de valores o culturas, hay que estar dispuestos a modificarse a sí mismo.

Educar con dignidad, reflexionó, significa brindar a las nuevas generaciones no solamente un valor moral, sino fundamentalmente un instrumento teórico que les permita moverse de manera natural en un mundo con menos barreras culturales, nacionales o dogmáticamente identitarias.

“La filosofía pone, o por lo menos sabe poner, las condiciones epistémicas para que se produzca esta abertura. No hay nada fácil en ello, se trata de un esfuerzo permanente, difícil y doloroso, para el que se requiere tanto una comprensión profunda de la cultura propia como la voluntad y el deseo de evolucionar”, destacó.

Un ejemplo europeo

Para ejemplificar la problemática, recordó que cada día los medios europeos muestran centenas, miles de refugiados, de migrantes, de víctimas del tráfico de seres humanos. Imágenes que a veces inspiran amor, compasión y solidaridad, pero a menudo también representan lo abominable: familias en el barro de campos de refugiados, marchas forzadas en medio de Europa, entre Budapest y Viena; el Mediterráneo reducido a cementerio de hombres, niños, de mujeres; lo inhumano mostrado día tras día en los medios y los discursos públicos. Esas imágenes tienen más vocación a provocar emociones que a explicar estados de cosas.

La indiferencia, el menosprecio, hasta el ultraje hacia esos contextos de sufrimiento, añadió el filósofo italiano, son abierta y públicamente reivindicados; se propone rechazar los barcos de refugiados; se construyen carreras políticas invocando muros, exigiendo alambres, cercos, rejas, expulsiones, discriminaciones; son actitudes que parecen trasversales a los diferentes estamentos sociales. 

El 27 de septiembre de 2016, un reportaje del International New York Times relató el rechazo de las asociaciones familiares de la ciudad griega de Filippiada, en Epiro, frente a la posibilidad de admitir chicos refugiados en las escuelas locales. La misma actitud se observó en Oraiokastro, un pueblo cerca de Tesalónica que también ha visto instalarse en sus cercanías un campo de refugiados. Un motivo de interés de este reportaje reside en la manera con que las palabras de los vecinos desecharon todo esfuerzo de argumentación racional al decir: “esto no me gusta”, “no los quiero aquí” o “si esto hace de nosotros unos racistas, ¿qué le vamos a hacer?”. Esta primacía de las pulsiones, de los deseos inmediatos impide integrarlos en un contexto significativo más ancho.

A partir del ejemplo, Scarantino sostuvo que las personas do pueden limitarse a: “esto no me gusta”, “no los quiero aquí” o “si esto hace de nosotros unos racistas, ¿qué le vamos a hacer?”, pues la interacción exige que se pongan en juego nuestros deseos, costumbres, preferencias, pulsiones y hasta las formas más abstractas de nuestra manera de pensar.

“Las dificultades que comporta la integración de cantidades importantes de migrantes parecen ser pretexto para desatar un resentimiento interno de la historia del espíritu de Occidente”, señaló el académico.

Desde la perspectiva del secretario general de la FISP, la integración de personas con idiomas, costumbres, religiones y prácticas diferentes es compleja; siempre engendra tensiones sociales, costos económicos y conflictos culturales. Hoy, se agrega la amenaza –seria y real- de infiltraciones criminales, o en el caso de Europa, de fundamentalismos religiosos. “Pero la hostilidad que ella suscita en Occidente y la nueva legitimación de discursos discriminatorios revelan un conflicto más profundo y radical, que pone en riesgo la noción de ciudadanía y de culturas democráticas que han acompañado la formación de la modernidad occidental. 

Para Scarantino quizá sea tiempo de reconocer que las cachiporras de Budapest, la progresión de los populismos y los movimientos de extrema derecha, los discursos de odio que atraviesan el Occidente contemporáneo “nos obligan a encarar una tradición espiritual propia en la historia de la cultura europea; una enfermedad mortal que creíamos haber desarraigado, pero que con toda evidencia va resurgiendo”. 

Consideró importante brindar a este malestar salidas menos infames y menos ignominiosas que en el pasado, “la educación que pueden brindar las ciencias humanas y la filosofía es útil a condición de enseñar a vivir en un mundo cosmopolita intercultural.

“No es casual que la enseñanza de estas ciencias se vaya llamativamente afianzando en los países económica, política y culturalmente emergentes, que acompañe su desarrollo científico y tecnológico y contribuya a la formación de nuevas generaciones de actores capaces de actuar en un proscenio global”.

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