La verdad que duele… y que seguimos esperando

Por: Dra. Norma Julieta del Río
Zacatecas, Zac.-Hoy, 24 de marzo, no es un día cualquiera. El Día Internacional del Derecho a la Verdad, impulsado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), nos enfrenta a una realidad incómoda: hay miles de historias que siguen sin contarse, miles de familias que aún esperan respuestas y una verdad que, aunque duela, sigue sin llegar.

Hablar del derecho a la verdad no es hablar de cifras ni de discursos oficiales. Es hablar de ausencias. De sillas vacías en la mesa. De nombres que no deben olvidarse. Las víctimas no son números: son vidas interrumpidas. Y sus familias no piden imposibles; piden lo mínimo: saber qué pasó.

La verdad incomoda. La verdad duele. Pero es la única forma de empezar a sanar.

El mundo sigue marcado por conflictos, guerras y dictaduras que dejan heridas abiertas. Y aunque esas tragedias parecen lejanas, no lo son. En México, la violencia es cotidiana: desapariciones, violaciones graves a derechos humanos, injusticias y silencios forman parte de nuestra realidad.

En este contexto, como advierte Carlos Pérez Ricart, México sabe contar homicidios, pero no desapariciones. Esta diferencia no es menor: evidencia que ni siquiera logramos dimensionar con precisión la magnitud del problema. Cuando no se mide bien, cuando no se nombra con claridad, la verdad se diluye… y la justicia se aleja.

Y, sin embargo, hay quienes no se detienen. Ahí están las madres buscadoras y colectivos ciudadanos que recorren campos, caminos y desiertos con sus propias manos. Buscan a sus seres queridos, pero también algo igual de urgente: la verdad. Su lucha no debería existir, pero hoy sostiene lo que muchas instituciones no han logrado garantizar.

Con demasiada frecuencia, la verdad se sustituye por versiones, por narrativas a modo, por intentos de suavizar lo que no admite matices. Pero la verdad no se maquilla: se enfrenta.

Sin verdad no hay justicia. Sin verdad no hay memoria. Sin verdad, las heridas no cierran.

Hoy conocemos miles de historias gracias a redes sociales y al trabajo de periodistas de investigación, pero incluso así corremos un riesgo peligroso: normalizar el dolor. Dejar de sorprendernos. Voltear la mirada. Pensar que es un problema ajeno, cuando en realidad nos define como sociedad.

La verdad no debería ser una lucha constante ni una exigencia permanente. Debería ser un derecho garantizado.

Pero mientras exista una sola familia buscando respuestas, mientras haya una sola historia sin esclarecer, el silencio no es opción. Porque callar también es una forma de injusticia.

Hoy no es solo un día de memoria. Es un llamado a la responsabilidad. A exigir verdad, a construir memoria y a combatir la impunidad. Porque un país que no enfrenta su verdad está condenado a repetir su dolor.

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