Zacatecas, Zac.- Volvieron. Después de las seis de la tarde, con la oscuridad apoderándose de la ciudad, bajaron por un camino de cempasúchil rosa que se trazó desde la Máquina 30-30, se sacudieron el polvo de un año entero y regresaron como quien vuelve de un viaje largo, con sed, con hambre y con unas ganas enormes de ver a su gente. Así fue el Desfile del Festival de Día de Muertos “Me Muero de Ganas de Vivir”.
Esta noche, el tiempo en Zacatecas caminó hacia el pasado para dejar entrar los recuerdos en aromas, en sabores, en pensamientos que llevaban a lugares y a momentos vividos. Lo había escrito la Catrina que presentó esta edición, a la luz de las velas, “creí que la vida era para siempre. Entendí que no; si este es el limbo, aquí estaremos, entre familia y amigos, esperando de nuevo el llamado de los vivos”.
Y “Que comience la fiesta”, llamaron los vivos, ansiosos del retorno de quienes se fueron; ante la Presidenta Honorífica del Sistema Estatal para el Desarrollo Integral de la Familia (SEDIF), Sara Hernández de Monreal, los contingentes de quienes venían del más allá iniciaron su retorno. Al desfile le tocó el 30 de octubre, el día que la tradición reserva a las almas olvidadas, las que ya no tienen quién las recuerde. Esta noche no hubo una sola sin familia, Zacatecas las adoptó a todas.
La primera en enterarse fue la Llorona, y es que se dice en Jerez que en el Panteón de Dolores hay una tumba con una efigie que la gente reconoce como suya, y que cuando la efigie abre los ojos, ella sale a recorrer las calles llorando por sus hijos. Esta tarde, la efigie abrió los ojos.
Volvieron los abuelos, con el sombrero de los domingos. Volvieron las tías que nunca se perdieron una callejoneada. Volvieron los angelitos, que siempre llegan primero porque corren más rápido. Volvieron los más antiguos, los de La Quemada, que ya honraban a sus ancestros mucho antes de que hubiera ciudad. Volvieron los que se fueron hace mucho y los que se fueron apenas; los que tienen su foto en el altar y los que sólo viven en una anécdota que alguien cuenta en la sobremesa.
Volvieron también los mineros, a quienes esta tierra les debe su costumbre más suya. Cuando uno moría, vecinos y compañeros se organizaban para ayudar a la viuda y a los hijos, y de ahí nació el canto con el que los niños zacatecanos, en lugar de pedir calaverita, piden el muerto: “El muerto quiere camote, si no se le cae el bigote; la viuda quiere una ayuda para su pobre criatura”.
Traían encima el cansancio del camino, el río que se cruza con ayuda de un xoloitzcuintle, los cerros que se juntan, el viento que corta como obsidiana, la región helada.
Lo primero que encontraron fue su propia época, autos clásicos seguidos de la Banda Sinfónica del Estado hizo sonar la Marcha de Zacatecas. Pero la verdadera puerta de llegada estaba en avenida Hidalgo, y no podía ser otra, el arco tradicional “La Portentosa Vida de la Muerte”.
Custodiado por encapuchados de túnica roja y máscara de calavera, el arco hizo su trabajo. El papel picado se movió con el aire, la señal, dice la tradición, de que las almas ya llegaron; el copal limpió la entrada para que pasaran sin peligro, y el olor del cempasúchil, el mismo que se cultiva en La Zacatecana y en Tacoaleche, les marcó el rumbo. Del otro lado los esperaba del tamborazo, con el rostro pintado de hueso, que les devolvió el latido. Habían vuelto a la vida.
Fue ahí cuando entendieron el juego, por una noche, los vivos se habían vestido de los muertos. Catrinas de vestido largo y sombrilla de encaje, con coronas de cempasúchil y girasoles; catrinas de luces y neón que dejaron boquiabiertos a los difuntos de otros siglos, que no conocían ese brillo; catrines de sombrero de copa, charros calavera que sacaban a bailar a damas de rostro pintado, y niñas y niños con mallas de esqueleto.
Desde lo alto los miraban las catrinas en zancos y las mojigangas de faldas de holanes, mientras figuras de grandes alas blancas escoltaban a los recién llegados y mujeres con alas de mariposa monarca recordaban que, en estas fechas, no sólo vuelven las almas, también vuelven las mariposas.
Luego salieron a saludar las leyendas. La Llorona, que de idas y vueltas entre mundos sabe bastante, se dejó ver entre la multitud, buscando entre tantas caras pintadas, entre calaveras charras que floreaban la reata, niños y niñas revolucionarios, y hasta el viejo de la danza, pícate la panza, luchadores y hasta nopales. Avanzaron los carros alegóricos y, con ellos, calaveras gigantes de cartonería, cráneos de azúcar iluminados por dentro, alebrijes de alas abiertas y caballos blancos listos para jinetes de otro mundo; los xoloitzcuintles que les ayudaron a cruzar el río llegaron esta vez de cartón y luces. Bendita fiesta nuestra, donde nadie es más que nadie y nadie está muerto del todo.
Del sur también llegaron visitas. Oaxaca, tierra donde en las muerteadas de Etla un difunto vuelve a la vida mientras un diablo intenta llevárselo, había entrado la víspera en calenda con la Guelaguetza, la ofrenda que se entrega sin esperar más que el abrazo de vuelta; esta noche se asomó en los disfraces alusivos a su tierra, y en el Duelo de Mezcales.
Algunos difuntos, que se fueron cuando las calles se vaciaban temprano, no daban crédito, la ciudad entera afuera, de noche, con los niños en las gradas también disfrazados, al igual que papás, mamás y hermanos.
En plena oscuridad, la avenida Hidalgo es un río de luz que corre en dos sentidos. Los vivos aplauden. Los muertos se ríen. Los niños, que aquí no piden calaverita sino el muerto, extienden las manos y los dulces vuelan.
El desfile llegó a su fin a las puertas del Museo Rafael Coronel; pero, más allá del recorrido, vivos y muertos comprendieron lo que la Catrina había escrito a la luz de las velas: “ni siquiera la muerte consigue romper la costumbre más antigua de todas: volver a reunirnos”.
Volvieron y volverán, porque en Zacatecas, ante la muerte, la respuesta siempre será la misma: ¡Me muero de ganas de vivir!
