La Gruñidora, reliquia olvidada en el tiempo

Investigación: Ángel Aguilar Sosa

 ¡Qué traiciones del destino! ¡Cuánto tiempo en un suspiro!

Zacatecas, Zac.-A 1810 metros sobre el nivel del mar, luego de 40 kilómetros de camino de terracería, después de la carretera federal 54 Zacatecas–Saltillo, al norte de Villa de Cos, se encuentra el casco de la Ex Hacienda de La Gruñidora, misma que fue fundada en el año de 1836, según dice la inscripción de piedra en la Casa Grande.

Hace casi dos siglos, una de las más ricas haciendas ganaderas del norte del país; hoy, solamente un caserío que agoniza entre el polvo, entre la miseria de la poca gente que aún la habita. ¡Cuánto te extraño, pastizal, donde miles y miles de bestias y peones se fundían en una batalla mutua por hacerte grande, por hacerte poderosa; hoy, sólo arena y matorrales!

Contaba la gente mayor, dice don Vicente Delgadillo Chávez, quien tiene 70 años de edad, que en algunas de las mejores épocas de la hacienda, se llegaron a registrar hasta los 11 mil burros, sin contar el ganado equino y vacuno, que superaban en mucho el número de los primeros.

De acuerdo a los datos proporcionados por el propio Vicente Delgadillo, la Hacienda fue fundada por algunos religiosos, al parecer Jesuitas, procedentes de la ciudad de Guadalajara.

El primer encargado y capataz de la Hacienda fue don Ernesto Rodríguez Delgadillo, quien falleció en el año de 1936, en tanto que el último de los administradores generales fue Encarnación Rivera Delgadillo.

Entre los años 1950 y 1951 es cuando se repartió en varios socios, quienes tenían sus viviendas alrededor de la plaza grande. Ellos eran Matilde Delgadillo Delgadillo y su hermano Antonio; Jesús María Delgadillo, primo; Jesús Armando Delgadillo Esquivel, Jesús Alvarez Degadillo y su hermano Fructuoso, Encarnación Rivera Delgadillo, Francisco Delgadillo Esquivel, Jesús Sánchez Delgadillo y Ernesto Rodríguez Delgadillo, quien era la persona que habitaba junto con su familia la llamada Casa Grande.

De los anteriormente mencionados, sin embargo, quien tenía la mayor parte de las acciones era Fructuoso, y en torno a él se dieron las labores por muchos años.

Así, la crianza y engorda, compra y venta de animales se dio en grandes cantidades, y como resultado se fueron extendiendo las construcciones y crecieron pequeños ranchos de los alrededores. Sin embargo, no se ha podido tener un registro de los movimientos del lugar debido a que los libros se han extraviado.

De la misma manera, fue erigida la capilla, dedicada a San Juan Bautista, de sencilla construcción externa pero ricamente ataviada en su interior, donde pueden verse innumerables frescos y óleos perfectamente logrados.

Cabe el comentario que por falta de mantenimiento, muchos de estos excelentes trabajos se encuentran muy maltratados, y a punto están de perderse verdaderas obras de arte. Incontrolables filtraciones de agua han venido a dañar la pared lateral derecha del altar, donde se desgaja de a poco un retablo de casi 6 metros de altura.

La decoración del templo estuvo a cargo del maestro Eustacio C. Flores y de su hijo J. Jesús Flores Villalobos, realizada en el periodo que va del primero de febrero de 1943 al 12 de julio del mismo año. Se nota un trabajo hermoso y detallado, pero igualmente deteriorado por el paso del tiempo, los elementos naturales y la falta de adecuada atención de restauradores competentes.

En la parte del Coro del templo se encuentran colocadas varias pinturas de excelente calidad pero igualmente deterioradas, mismas que se unen en la ornamentación a una antiquísima pianola, la que ocupaba de que sus pedales fueran bombeados para producir los sonidos con las teclas, al paso del aire. Sirvió para solemnizar las celebraciones eucarísticas, pero ahora yace en el abandono y en el silencio.

A un lado del templo se encuentran localizadas cuatro tumbas, bien conservadas, las cuales corresponden a los antiguos socios y miembros de sus familias. Fueron sepultados ahí Jesús Amado Delgadillo Esquivel, Teófilo Delgadillo, Luisa Ramírez y Estanislao Delgadillo.

En su vetusta torre hay dos campanas. Una ya no se toca porque se rompió el badajo. Es cosa, dijeron los habitantes del lugar, de que se le restaure, pero la persona que quiera hacerlo tiene que venir hasta aquí, pues no nos vamos a arriesgar a que nos lo cambien por otro. Mientras, utilizan una más nueva, que sigue convocando a las celebraciones religiosas a la comunidad.

Una vez en la parte más alta de la torre, la vista es espectacular pero desoladora. Espectacular por la magnífica oportunidad de ver a muchos kilómetros a la redonda. Desoladora por lo seco de la tierra, que se levanta en grandes remolinos con el menor intento del viento.

Nadie sabe en el lugar los límites de la Hacienda. Dicen que hasta cerca de Mazapil. Habrá que buscar registros en los archivos del municipio. Sin embargo, sabemos que su esplendor y belleza, aún reflejada en lo monumental de sus edificios, rememora aún los pasos de la gente mayor, de la gente valiente de a caballo, del sacrificio de cientos de peones en su búsqueda del sustento. Si se recorre con calma, casi se platica con los espíritus que no abandonan sus antiguos hogares, y más, si el paseo es de noche… Habrá que buscar cómo devolverle un poco de vida.

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