El peligro de las erupciones volcánicas‏

cyd-120516-portada-g

cyd-120516-portada-gLa actividad volcánica ha existido en la Tierra desde su formación, con mayor intensidad en el pasado geológico lejano. En la actualidad ha ido acercándose a una condición de estabilidad, en la que la actividad volcánica global se mantiene más o menos constante durante periodos muy largos de tiempo. Esta actividad también ha ejercido una importante influencia benéfica sobre la vida, desde la modificación de una atmósfera primitiva a una atmósfera apropiada para el desarrollo de los seres vivos, ha contribuido a la formación de los continentes y a la generación de suelos fértiles, propicios para el asentamiento de las comunidades.

 

“Pero lamentablemente, esta actividad volcánica también ha tenido un impacto negativo sobre la sociedad en diferentes formas y grados”, sostuvo Servando De la Cruz Reyna, investigador del Instituto de Geofísica de la UNAM.

 

Algunos de estos impactos se manifiestan como la destrucción de comunidades pequeñas y de tierras cultivables, pero sin causar víctimas, como la erupción del Paricutín, en Michoacán, que durante nueve años, entre 1943-1952, estuvo produciendo lava que cubrió unos 70 kilómetros cuadrados causando destrucción de viviendas y cultivos, pero su actividad se desarrolló con lentitud, por lo que no llegó a tener un carácter letal, dijo el especialista.

 

En contraste, existe actividad explosiva como lo fue la del volcán El Chichón,  en Chiapas, entre el 28 de marzo y el 4 de abril de 1982,  periodo en el que arrojó en apenas unas horas un volumen de magma  comparable al que produjo el Paracutín en nueve  años. La velocidad a la que se emitió el magma le dio el carácter de destructivo. Hubo devastación en el entorno del volcán a distancias mayores de 10 kilómetros, pérdida de vidas y la destrucción de viviendas e infraestructura por los flujos piroclásticos (nubes ardientes o mezclas de gases volcánicos y materiales sólidos muy calientes y aire atrapado, que se mueve a gran velocidad al nivel del suelo) y por el peso de la ceniza en los techos a distancias mayores.

 

En términos generales se puede establecer que “no hay una correlación clara entre el tamaño de los desastres y la dimensión de las erupciones”, aseguró el también integrante de la Academia Mexicana de Ciencias. Como ejemplo de esto recordó otras erupciones volcánicas, como la de El Nevado del Ruiz, Colombia, en 1985, que dejó 23 mil víctimas, pese a que la erupción fue relativamente pequeña (VEI3), “similar en tamaño a algunas de las que ha tenido el Popocatépetl en México desde 1994”.

 

La erupción del Nevado del Ruiz causó dicha cifra de muertos porque los flujos piroclásticos emitidos por el cráter del volcán fundieron cerca del 10% del glaciar de la montaña, enviando flujos de lodo, tierra y escombros que descendieron por las laderas a más de 50 km/h. Estos lodos aumentaron su velocidad en los barrancos y se encaminaron hacia los cauces de ríos que nacían en el volcán provocando el desastre sobre varias poblaciones cercanas a esos cauces.

 

Destacó que en contraste con la sismología donde la magnitud define la energía elástica liberada por la fractura causante del sismo, en vulcanología las erupciones liberan distintos tipos de energía a tasas muy diversas. “Una erupción de baja magnitud (medida de la masa o volumen de magma emitidos) y alta intensidad (tasa de emisión del material volcánico) puede ser muy destructiva. Entonces, para evaluar el riesgo volcánico es necesario precisar el significado de la dimensión de las erupciones, ya que aun cuando el volumen de magma en la erupción es uno de los parámetros para evaluar el riesgo, existen otros que deben ser tomados en cuenta”.

 

En el caso de las erupciones la energía se puede distribuir en diversas formas: energía térmica (que lleva al magma a alta temperatura), energía cinética o mecánica (de los fragmentos lanzados), energía de las ondas acústicas y energía sísmica (durante las erupciones también se registran temblores). “Cada una de estas manifestaciones se libera a una velocidad distinta, lo que le da complejidad al proceso de asignación de la dimensión de las erupciones volcánicas”, anotó el vulcanólogo.

 

Por ello, en 1982 se propuso el Índice de Explosividad Volcánica (VEI, sus siglas en inglés), una escala de ocho grados con la que los vulcanólogos miden la magnitud de una erupción volcánica, siendo ocho el grado más alto. Es un índice que combina varios factores, considera el volumen total de los productos expulsados por el volcán (lava, piroclastos, ceniza volcánica), altura alcanzada por la nube eruptiva, duración de erupción, inyección troposférica y estratosférica de productos expulsados, y algunos otros factores sintomáticos del nivel de explosividad.

 

Hoy en día se cuentan con imágenes sobre estos fenómeno geológicos, como fotografías de la erupción del Popocatépetl, 2000-2001, de magnitud VEI3; un ejemplo de VEI4 fue el de Lascar en 1993, de VEI5, el Chichón, en 1982;  y un VEI6, el de Pinatubo, de 1991; de VEI7 y VEI8 no existen fotografías porque de la primera han ocurrido dos o tres erupciones en la escala histórica de tiempo y de la segunda afortunadamente no ha ocurrido ninguna en la escala histórica del tiempo, todas han ocurrido en escala geológica (por ejemplo, Yellowstone hace 2.2 millones de años).

 

Así, la escala de peligro volcánico equivale a la estimación de las probabilidades de ocurrencia de erupciones de acuerdo con su dimensión. Servando De la Cruz Reyna dijo que en un intento de analizar el peligro y el riesgo se ha analizado la actividad histórica (a partir del año 1500 cuando empezó a haber registro) y luego de aplicar algunas fórmulas estadísticas, se ha concluido que las erupciones grandes son menos frecuentes que las pequeñas y esa frecuencia decae con la dimensión de una manera ordenada.

 

“Se estima que las erupciones VEI6 ocurren en promedio cada 200 años y las VEI7cada mil años”, indicó el especialista durante su participación en el Simposio Eventos Extremos: observaciones, modelado y consecuencias económicas, en el que impartió la conferencia “Erupciones volcánicas extremas”, en abril pasado en El Colegio Nacional.

 

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