VINO A MEXICO A MORIR

Por: Jorge Gustavo Castañón Cisneros

“Dicen que murió de frí­o: Yo sé que murió de amor”, se lee en uno de los versos del poema La Niña de Guatemala del gran José Martí­. Con gran maestrí­a el poeta cubano logra la transposición poética de un hecho real perpetuándolo en una hermosa pieza poética que prevalece hasta nuestros dí­as.

Atreviéndonos a emplear similar recurso literario utilizado por Martí­, dirí­amos en beneficio de explicar mejor el tema del dí­a de hoy: “Dicen que murió de asma: Yo sé que murió de nostalgia”. De burda manufactura, esta frase pretende transmitir el triste desenlace de un hombre que, entrado apenas los 60, se ve obligado a regresar a México tras dos décadas de vivir sin documentos en el estado de Texas en la Unión Americana. Un hombre al que llamaremos Jesús Espino.

Esposo, si. Padre de familia, si. Hijo, también. Pero todos sus lazos se fueron difuminando en el tiempo y reduciéndose al simple ví­nculo de esporádicas llamadas telefónicas. Desde iniciales y generosos depósitos monetarios para la satisfactoria manutención de su familia hasta eventuales o nulos enví­os de remesas, orillando a esposa e hijos a buscar por sí­ mismos otras maneras de salir adelante.

Dicen algunos que le conocieron que allá le fue difí­cil la vida. Que tuvo que aprender a necesitar menos a los suyos y a fijarse otros objetivos que le permitieran sobrevivir en un paí­s que no era el suyo. Continúan diciendo éstos  que la soledad lo golpeó duro, que la falta de una platica en las mañanas frí­as de invierno, de un roce en las desoladas noches, de un te quiero en los momentos bajos, fueron conduciéndole hasta el punto de verse sumergido en otra relación afectiva que le apartó aun más de su familia en México.

Y de esta relación ¿qué? Nada. No funcionó. Después de esa vinieron más. Todas para suplir, compensar, tolerar o ir llevando dí­a a dí­a esa vida que él habí­a elegido. Así­ pasaron los años. í‰l reconstruyéndose a la sombra de la distancia, ante el inminente escenario de una vida diferente, plagada de nuevos caminos. Su familia, a permanecer aquí­, a la espera del retorno prometido. Reconfigurando sus esperanzas iniciales ante las evidencias que la rutina diaria les imponí­an. El teléfono sonaba menos y el corazón dejaba de aguardar. Así­, ambas partes, el emigrado y su familia fueron dejándose ir.

Y un buen dí­a, el destino emitió su dictamen. Jesús Espino fue deportado. De obvia reacción, Jesús luchó por que eso no pasara, ya no habí­a nada que le interesara realmente en México. ¿Y qué sí­ en los EU? 20 años de vida. De éxitos temporales y fracasos. De gente que conoció, de amores y desamores, en fin, de recuerdos.

Pero en casa, ¿qué podí­a haber en casa? De hecho, quizá el mismo se sabí­a olvidado de ella, un sentimiento inversamente proporcional a lo que su familia en México habí­a aprendido a hacer.  Se escondió en el penúltimo asiento de la fila tres en la terminal de autobuses de Ciudad Juárez. Entró a los dos dí­as de que lo sacaron y fue detenido otra vez, obligándole a permanecer en prisión federal por dos años. Salió por buena conducta pero fue enviado so pena de castigo mayor a su paí­s natal.

Solo, un tanto más viejo y sin dinero,  llegó un dí­a más por necesidad que por gusto, a lo que fue su casa, pero hasta el color de la misma le decí­a que no era así­. Se acercó a quien fue su esposa y omitiendo la colisión que sucedió entre ambos mundos, comprobó lo que ambos sabí­an desde tiempo atrás. Ellos no eran nada ya, ni esposos, ni amigos, ni conocidos. Pero la casa estaba a su nombre y ante tan incómoda situación de í­ndole jurí­dica, él permaneció allí­ viendo pasar a los hijos que no lo reconocí­an como padre. Vio a sus antiguos amigos que con miradas extrañas le miraban y vio un pueblo que no era ya como aquel que él habí­a dejado. Todo era distinto.

Tres meses después su salud se deterioró con asombrosa velocidad. í‰l padecí­a de asma y los achaques que le provocaba se acentuaron gravemente por la cierta indiferencia de aquellos que le veí­an como ajeno y por aquellos recuerdos de veinte años dejados justo al bajar del autobús en la frontera de Estados Unidos y México.

El se sabí­a no aceptado y evidentemente su interno sabí­a que ya no pertenecí­a. Todo quedó allá. Un buen dí­a despertó con más tos de lo normal, como pudo se acercó el tanque de oxigeno para revisar su correcto funcionamiento. Manuelito, uno de sus hijos presintió que si bien los sí­ntomas eran los normales en cada crisis, sus ojos denotaban el ansia del alma en fuga, del alma que clama la partida final. Se acercó en gesto humanitario, lo acomodó en la cama e intentó tranquilizarle. Llamó a su mamá quien se encontraba en el trabajo.

Otro de sus hijos, llevado quizá por la misma premonición, llegó a casa en ese momento e inmediatamente lo trasladaron al hospital regional. Durante el trayecto, las manos se entrelazaron. Era una fusión más humanitaria que filial. Un ser humano que acompaña y mitiga la transición de otro en un momento complicado de vida.

Al llegar al hospital, una hora después, su aun esposa miró el rostro de sus hijos que le observaban y señalaban una sabana blanca que cubrí­a el cuerpo de Jesús. La miraron y le dijeron: “No pasa nada madre, sólo tosió y tosió. Dicen los doctores que la avanzada enfermedad del asma le provocó un paro respiratorio. Pero no te preocupes, sí­ nos dijimos adiós y aunque ya no podí­a hablar parece que él también se despidió”.

Lloraron unos dí­as, con respeto dedicaron el normal luto. Ahora Manuelito y su hermano siguen sus actividades normales. Su viuda continua trabajando como cada dí­a desde hace más de 15 años. No hay cuadros de él en casa, pero por cierta razón tampoco resentimientos.

¿Y en los Estados Unidos? Nada, no hay nada. Don Jesús Espino se llevó consigo los recuerdos y vivencias que sólo él supo ocurrieron durante los últimos 20 años de su vida.

Dicen que murió de asma. Yo sé que murió de nostalgia. Descanse en paz.

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