Hoy quiero compartir con ustedes una reflexión profunda sobre un momento clave en la vida institucional de cualquier país: la mitad de un sexenio.
Los servidores públicos fueron llamados por el Titular del Poder Ejecutivo para trabajar con responsabilidad, no a soñar con poder o protagonismo.
Cuando se rebasa ese punto medio, es cuando las promesas deben comenzar a dar resultados, el trabajo colectivo del gabinete debe consolidarse, y la ciudadanía que confió espera ver respuestas claras.
Pero también es (y hay que decirlo con todas sus letras) el momento en que algunos funcionarios, invitados por el gobernante, dejan de servir y comienzan a servirse.
Porque, en lugar de mantenerse enfocados en el proyecto para el cual fueron convocados (en la Secretaría o institución en la que se les dio la confianza y rindieron protesta), empiezan a mirar hacia otro lado, hacia su futuro político, hacia sus propios intereses. Y dejan de mirar su responsabilidad en la administración pública.
Y eso es profundamente grave.
Un gabinete no se conforma para construir carreras individuales. Se conforma para construir futuro. Para que, desde cada trinchera (educación, salud, seguridad, campo o desarrollo económico) se le dé al pueblo lo que espera, soluciones reales.
Cuando fui Comisionada del INAI, tuve bajo mi responsabilidad a más de 750 personas, junto con mis tres colegas. Ahí entendí algo que nunca he olvidado en mi carrera en el servicio público, en los tres niveles de gobierno durante 34 años: delegar es necesario, pero más importante aún es dar seguimiento, exigir resultados y asegurar que nadie le mienta ni al gobernante ni a la ciudadanía.
Porque cuando se engaña al gobernante, se daña la confianza. Y cuando se daña la confianza, se debilita todo el sistema.
Un gobernante no solo gobierna desde el escritorio. Sale, camina, escucha, conversa. Conoce las carencias reales de la gente, desde la falta de medicamentos hasta problemas de justicia o situaciones que quitan la paz a las familias.
Pero ese ejercicio solo sirve si el gabinete responde.
Si lo que se escucha en el territorio se ejecuta desde las oficinas con responsabilidad, con técnica y con voluntad.
Muchos gobernantes tienen sueños grandes: quieren ciudades de primer mundo, infraestructura innovadora, políticas transformadoras. Y eso está bien. ¡Eso es lo que debe soñar un líder!
Pero si esos sueños se delegan a personas que no hacen bien su trabajo desde el inicio, que no siguen las reglas, que no respetan la ley ni sus procesos, y que no actúan con integridad, entonces el daño no es solo al proyecto de gobierno.
Es un daño a toda la sociedad.
Y, sin duda, es una traición al gobernante que dio su confianza a quien debía ejecutar proyectos y programas.
Y es ahí donde los partidos opositores aprovechan.
Toman los errores individuales y los convierten en ataques generalizados. Cuando, en realidad, el problema fue que alguien (a quien se le confió una responsabilidad pública) decidió, al tercer año, dejar el escritorio… e irse al territorio a promover su imagen.
Y eso, amigas y amigos, no es servicio público.
Porque el escritorio no es símbolo de burocracia.
El escritorio es donde se firma, donde se tramita, donde se ejecuta la política pública.
Y la administración pública no es campaña.
Es ley, es norma, es procedimiento, es orden… y es tiempo.
Por eso lo digo claro, no necesitamos más aspirantes disfrazados de servidores públicos. Necesitamos mujeres y hombres que trabajen para que este país avance. Que entiendan que no fueron llamados a soñar con gobernar, sino a trabajar para gobernar bien.
¿Se vale aspirar siendo parte de un gabinete? Sí, pero en los tiempos correctos.
Para no abandonar el escritorio lleno de documentos que necesitan firmas, torres enteras de papeles sin tramitar. Porque detrás de cada uno de esos documentos hay un empresario, un agricultor, una familia que espera. Y para ellos, ese papel representa un cambio de vida.
Y ya no hablemos del fincamiento de responsabilidades que puede venir después de la conclusión del sexenio…
Ese será tema de otro artículo.
