Por: Dra. Norma Julieta del Río Venegas, Comisionada del INAI
Zacatecas, Zac.- La desinformación es mucho más peligrosa de lo que parece: genera percepciones equivocadas que producen caos y situaciones de alarma. Además, puede dañar la imagen pública de una persona, minar las estructuras democráticas de un país e, incluso, costar vidas. Por lo tanto, su combate es una tarea fundamental de todos: instituciones públicas, sector privado, sociedad civil y población en general: es preciso unir fuerzas contra este enemigo en común.
“Se replica velozmente; no sabemos cómo combatirlo con eficiencia y de forma directa; muta mucho más rápido de lo que podemos identificarlo y tiene una capacidad tan alta de transmisión e infección que no existe cura precisa para detenerlo”. Con estas palabras, el especialista Luis Roberto Castrillón describe, no al virus de covid-19, sino al fenómeno actual de desinformación potencializado por las tecnologías digitales y las redes sociales.
Desde 2016 a la fecha, la desinformación se ha consolidado paulatinamente como una patología social y mediática difícil de erradicar. La elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos y la campaña de desprestigio que emprendió contra los medios de comunicación tradicionales que publicaban reportajes sobre los fallos de su gestión; el famoso “Brexit” en Inglaterra; el periodo electoral de 2018 en México; la pandemia del coronavirus… todos estos momentos han representado picos en la difusión de información falsa que engaña a las personas y puede orientarlas a que tomen decisiones apresuradas, muchas veces teniendo como único fundamento el miedo o el enojo, y olvidando por completo los matices y los juicios racionales que deben regir nuestro consumo de noticias y de información.
Como bien lo dijo el doctor Sergio Contreras, director de Promoción del INAI, en la presentación del libro “La Desinformación en la Era del Coronavirus”, el pasado jueves 12 de enero en el Instituto: actualmente vivimos en la era de la posverdad, donde la gran mayoría de las personas acepta y adopta la información que se adapta a su marco normativo de creencias, mientras que aquellas ideas o datos que van en contra de nuestros esquemas conceptuales, los tendemos a rechazar, aunque éstos sean verdaderos.
Si bien el avance de la tecnología digital ha contribuido a democratizar el acceso a la información, eso no ha garantizado que la información verificada y de calidad prime en los espacios digitales. Muchos medios y comunicadores han apostado por obtener clics y visitas a sus sitios web de manera fácil y engañosa a través de la difusión de mentiras o de información imprecisa y sesgada[1]. La ciudadanía puede caer en estas trampas o, peor aún, decidir participar de ellas.
En este contexto de infodemia digital, las áreas de comunicación social son más importantes que nunca, por lo tanto, quienes las conforman deben ser profesionales y capacitarse constantemente, mientras que los servidores públicos y los equipos encargados de las redes sociales y de las estrategias digitales de las instituciones públicas deben estar preparados y ser responsables con el manejo que le dan a la información, pues su trabajo impacta en la población de manera directa. Hoy en día vemos cómo, en nuestro país, algunas autoridades son las encargadas, no de frenar la desinformación, sino de propagarla.
La difamación y las mentiras no solo perjudican la reputación de las personas y de sus círculos cercanos, sino que pueden tener consecuencias más graves. Como bien lo ha documentado la propia ONU y diversas organizaciones especializadas, la situación de riesgo que atraviesan diariamente los trabajadores de los medios de comunicación y los periodistas en el mundo está relacionado con ello, pues estigmatizaciones y calumnias pueden poner en peligro su vida.
En una sociedad que se precia de ser democrática, debemos todos asumir el combate a la desinformación como una tarea fundamental: debemos ser responsables con lo que consumimos y, sobre todo, con la información que compartimos; como servidores, en cualquier nivel, tenemos además la obligación de hacerlo. Una mentira compartida mil veces nunca se vuelve una verdad.
@JulietDelrio