Por: Gabriel Contreras Velázquez
Foto: Archivo / MIRADOR
El Movimiento de Regeneración Nacional no lo quiere ver así, sin embargo, el conflicto que se ha desatado entre lo que comúnmente se le conoce como âizquierdaâ en nuestro país âpragmática, como ceñida a los tiempos políticos- comienza a destellar una nueva constelación partidista que en el fondo no busca otra cosa que reconstruir viejos grupos en nuevos acuerdos políticos, en la supuesta âcrisis de partidosâ que vive la ciudadanía mexicana; supuesta porque a quienes menos ha afectado ha sido precisamente a los partidos.
El conflicto se vislumbraba años atrás en que la apuesta lopezobradorista, después de la ambigí¼edad institucional que se vivió en las elecciones de 2006, pugnó por un movimiento territorial que restableciera un tejido político a partir del sentimiento ciudadano de âfraudeâ, con el que se justificó la toma de la vialidad de Reforma, en el Distrito Federal, a manera de âdesahogoâ de las frustraciones ciudadanas, por aquel cuestionado resultado electoral.
De la misma manera, en la elección presidencial en este año, López Obrador volvió a la arena electoral con el mismo discurso con el que lograría el vuelco ciudadano seis años antes. La diferencia fue, como muchos percibieron, que lo hacía dentro de las instituciones. Esta vez no las mandó âal carajoâ, sino que mediáticamente expuso lo que se percibe en cualquier régimen democrático: las instituciones no siempre están a la altura de las demandas sociales, y por ello, el constante flujo de reformas en los congresos y parlamentos dan rumbo y sentido a las mismas.
La cuestión es que para incidir en las reformas institucionales más importantes para el país, hay que construir acuerdos políticos basados en estructuras partidistas que, al menos en México, se encuentran bien definidas por su historia y su forma de ejercer el control territorial y nacional; no por sus propuestas. Dentro de esos partidos también se encuentra la âizquierdaâ mexicana.
López Obrador lo sabe, y fue en este proceso electoral federal que buscó la manera en que MORENA se identificara -más en el mensaje que en los consensos- con Movimiento Ciudadano, el Partido del Trabajo y el Partido de la Revolución Democrática. La elección de 2012 sería la plataforma de publicidad para su nuevo partido político, sabiendo de antemano la dificultad que representaba competir contra Peña Nieto y la reintegración de la estructura priista, que había perdido influencia (como partido, más no como grupos de poder e intereses regionales) en las últimas dos elecciones presidenciales.
Pero los pronósticos nunca han sido muy optimistas a la hora de pensar a MORENA como una propuesta âalternativaâ de âproyectoâ político. Todo comenzó en la elección para gobernador en el Estado de México en 2011, donde López Obrador había manifestado públicamente tener una estructura de militantes de casi 500 mil miembros. El objetivo era colectar cinco veces más ese número pero convertido en votos, aplicando la misma fórmula que en las presidenciales: cada militante debe convencer a otras cinco personas de votar por la izquierda de AMLO. De tal suerte que en el Estado de México la operación obradorista terminó en márgenes muy inferiores a lo planeado. Alejandro Encinas, ex candidato de la izquierda a gobernador en ese estado, sólo obtuvo apenas el millón de votos que los mandó a un lejano tercer lugar, en una elección que ganaría Eruviel ívila con el 62% de las preferencias.
Esa fue la carta de presentación de MORENA en 2011, misma que fue devaluada por el mismo Alejandro Encinas cuando unos meses después del proceso electoral en aquél estado mencionó que él como candidato había aportado el 61% de los votos, mientras que MORENA apenas un 13% y los otros partidos de izquierda (MC, PT y PRD) sumaban el restante.
Meses más tarde, y ya instalado López Obrador en la candidatura presidencial como representante de las âizquierdasâ, MORENA perdió otro palmo de credibilidad durante la campaña cuando se dio a conocer que las listas de militantes de aquél movimiento se encontraban infladas, y por lo tanto no correspondían sus cálculos de estrategia territorial con la cantidad de votos que necesitaban para hacerle frente al PRI y al PAN.
Para terminar de marginar a este nuevo grupo político, la estrategia inevitable de negar los resultados electorales de 2012 y mediatizar la impugnación de los comicios -para no sepultar la carrera política del tabasqueño-, fue la última coyuntura que puso en tela de juicio la propuesta novedosa de un movimiento que sólo funciona como un lugar de exilio de los simpatizantes obradoristas de los partidos de âizquierdaâ.
El PRD en el Congreso de la Unión y en la Asamblea Legislativa del DF terminó por establecer el monopolio de René Bejarano. MORENA quedaría excluida de la repartición de curules, y hoy, debilitada, está a la espera de su registro en 2014.
