- Comprender la relación entre alimentación y emociones es clave para desarrollar hábitos más saludables y una mejor conexión con la comida
Por la Mtra. Paulina Elizabeth Ochoa Moreno, profesora de la carrera de Ciencias de la Nutrición de la Universidad Autónoma de Guadalajara (UAG)
La alimentación no solo cumple la función de nutrir el cuerpo, también está estrechamente relacionada con nuestras emociones. Lo que decidimos comer, cómo y cuándo lo hacemos, porqué lo hacemos y los alimentos que elegimos muchas veces está influenciado por el estado de ánimo, el estrés, la ansiedad o incluso el cansancio. Comprender esta relación es clave para desarrollar hábitos más saludables y una mejor conexión con la comida.
En situaciones de estrés o ansiedad es común recurrir a la comida como una forma de alivio emocional. Este tipo de alimentación no surge del hambre física, sino de una necesidad emocional, por lo que suele dirigirse hacia los alimentos altos en azúcares, grasas o sal. Estos alimentos pueden generar una sensación momentánea de placer o calma, sin embargo, su consumo frecuente no resuelve el problema emocional, por el contrario, a largo plazo puede provocar culpa, malestar físico y una relación negativa con la comida.
Ciertos nutrientes participan en la producción de neurotransmisores como la serotonina y la dopamina relacionados con el bienestar emocional. Las dietas desequilibradas, restrictivas o pobres en ciertos nutrientes pueden favorecer la irritabilidad, cansancio y cambios en el estado de ánimo. Por el contrario, si se elige una dieta variada y suficiente, con alimentos lo más natural posibles y disminuyendo los procesados, se podrán mantener niveles de energía estables y una mejor salud emocional. También el ejercicio físico será un pilar fundamental, ya que el ejercicio aumenta la liberación de serotonina, un neurotransmisor relacionado con la sensación de bienestar y calma que mejora el estado de ánimo y regula el sueño y el apetito. La dopamina mejora la motivación y la concentración; las endorfinas reducen el estrés y nos brindan una sensación de euforia y bienestar; la noradrenalina ayuda a mejorar el estrés y mejora la atención y el estado de alerta.
Los antojos por alimentos dulces suelen intensificarse en momentos de estrés, tristeza o fatiga, esto ocurre porque el azúcar activa en el cerebro centros de recompensa, generando una sensación rápida de placer. Además, el saltarse las comidas, dormir poco o mantener dietas muy restrictivas puede aumentar los antojos. Es importante aprender a diferenciar entre hambre y antojo: el hambre es fisiológica y aparece de forma gradual, se siente en el estómago (ruidos, vacío, debilidad); cualquier alimento puede satisfacerla, mejora después de comer y está relacionada con el tiempo sin comer. Mientras que el antojo es un deseo específico que aparece de manera repentina, se enfoca en un alimento en particular (dulce, salado o grasoso); está relacionado con emociones, estrés, ansiedad o aburrimiento, no siempre aparece después de comer y puede generar culpa o malestar. Por tanto, es importante prestar atención al acto de comer, reconociendo señales de hambre y saciedad, así como las emociones que influyen en la elección de alimentos. Comer despacio, sin distracciones, disfrutando los sabores o texturas, respetando las necesidades del cuerpo. Esta práctica ayuda a reducir la alimentación emocional y a tomar decisiones más equilibradas.
Mejorar la relación con la comida implica dejar de verla como un premio o castigo, y comenzar a considerarla como una herramienta de bienestar. Algunas estrategias incluyen respetar los horarios de comida, evitar dietas extremas, permitir todos los alimentos, pero con moderación, y aprender a identificar la diferencia entre hambre física y emocional. Es importante cultivar la autocompasión y evitar la culpa al comer, entendiendo que una alimentación saludable también contempla el disfrute.
