UNA MIRADA AL CLAROSCURO DE LA VIDA MIGRANTE

Por: Jorge Gustavo Castañón Cisneros

La primera letra de este escrito marca el inicio de una participación en este medio informativo electrónico, a quien agradecemos sinceramente la confianza depositada, con temas relativos a la migración zacatecana. En el histórico devenir de este fenómeno social en nuestro estado se han dado innumerables debates, a nivel polí­tico y académico, con resultados diversos y visibles de acuerdo a la maduración y perspectiva con que se le ha abordado.

Es importante mencionar que la finalidad de nuestra participación no será en sentido polí­tico o académico. Estos espacios son dignamente representados por personajes de reconocida trayectoria a nivel estatal, nacional e internacional y a quienes no dudaremos en citar para enriquecer o argumentar alguna cifra o dato que así­ lo requiera.

Nuestra lí­nea de opinión, así­ en este articulo como en los futuros, busca exponer diferentes hechos cotidianos y evidentes que la migración lleva consigo en la vida diaria del migrante, su familia y de su comunidad. Pretendemos que el lector se forme una opinión en relación a esta realidad que envuelve, de manera directa e indirecta, a un amplio sector de nuestro Zacatecas. Historias de éxito, fracaso, dolor, frustración, discriminación y una amplia gama de sentimientos que se entrelazan en este fenómeno, del que la mayorí­a de los zacatecanos oí­mos pero del que poco conocemos.

En esta ocasión hablaremos de dos historias, la de “Jose Angel”, un migrante de 32 años de edad, casado y con 3 hijos, oriundo de Ojocaliente, Zac. Quien emigró a los Estados Unidos siendo muy joven, vivió en Fort Worth, Texas y se desempeñaba en el ramo de la construcción. También hablaremos de “Don Cruz”, un migrante originario del municipio de Cuauhtémoc, de 64 años de edad,  casado y con 6 hijos. í‰l radico en la ciudad de Los íngeles, CA., trabajando en fontanerí­a.

Ambas historias derivan en escenarios de vida inmediata, mediata y a largo plazo, no sólo para ellos mismos, sino para su familia, y por obvias razones, para su entorno social: José íngel emigró con la misma bandera que un sinfí­n de mujeres y hombres zacatecanos lo han hecho: Buscar un mejor nivel de vida para su familia. Pero para él, esta máxima se difuminó casi inmediatamente que logró cruzar la frontera con el ahorro de meses de trabajo de él y su esposa, así­ como el dinero que una caja de préstamo les otorgó.

Al llegar a Texas, buscó a un primo quien le dio alojamiento temporal. í‰ste lo pudo colocar con un amigo manager que tení­a y quien le ofreció trabajo en el finish concret con un sueldo de 9 dólares por hora. Llegó a trabajar hasta 60 hrs a la semana. Pero José íngel, según palabras de su aún esposa, se olvidó pronto a que iba, se gastaba su semana en beers y “sabrá dios en qué más”. A ella y sus hijos, que en aquel entonces sumaban dos, enviaba cuando mucho unos 100 dólares por mes.

En cierta ocasión, fue detenido por que manejaba bajo influencia de sustancias embriagantes, asistió a corte y tuvo que cumplir con acudir a una institución para personas con problemas con el alcohol. Posteriormente, al ser detenido por manejar a exceso de velocidad, fue deportado después de notificarlo a migración. Permaneció dos meses en espera de que un Juez de Inmigración oyera su caso, pero la prisión fue dura y firmó su salida voluntaria. Trajo consigo una deuda de cerca de 900 dólares con su primo por alojamiento y otros gastos. Trajo consigo resentimiento porque la “suerte” no le favoreció. Trajo consigo sencillamente a otro José íngel.

Durante su estancia en el municipio, concibió otro hijo con su esposa. Los problemas se agudizaron considerablemente, no contaban con recursos económicos, la familia de ella habí­a cubierto con esfuerzos la deuda con la caja de préstamos. í‰l “simplemente se habí­a acostumbrado a ganar de 1600 a 2100 dólares al mes”, comenta con frustración su esposa quien agrega “siempre se quejaba de que acá, con sexto de primaria, no iba a conseguir un salario igual”.

Y el cí­rculo se repitió, lo mejor según él, era volverse a ir. Se decí­a a sí­ mismo, una y otra vez, en voz alta y baja que “se tení­a” que ir para buscar un mejor nivel de vida para su familia.

Nuevamente “juntaron” dinero como pudieron, pagaron un pollero y entró. Al poco tiempo de haber ingresado fue detenido por migración en un supermercado cuando compraba algo de ví­veres y un tanto de alcohol. Permaneció un año y dos meses en prisión y después fue deportado con un castigo de 20 años para no regresar a la Unión Americana.

Demás es mencionar que su esposa e hijos vivieron durante ese tiempo de la bondad de la familia quien repartió lo poco que tení­an entre más bocas. Demás es mencionar que ese castigo no le importo a José íngel quien se volvió a ir. Ahora está interno en una prisión federal en el estado de Nueva York. Aún la familia no sabe bajo qué cargos. Saldrá en diciembre del 2015. Demás está mencionar que su aún esposa ya no le espera, que su familia se desintegró, que jamás tuvieron, lamentablemente, un mejor nivel de vida.

Por otro lado, tenemos la historia de Don Cruz, quien platica con la expresión de aquel que siente el deber cumplido, se fue a los Estados Unidos con la firme convicción de que sus hijos tuvieran un destino diferente al que la vida le habí­a deparado a él. Casi 15 años estuvo en Los íngeles, CA, trabajando en la fontanerí­a para pequeños contratistas y para “gabachos” quienes, gracias a su calidad, lo recomendaban con otros para este tipo de oficio.

“Trabajaba doble turno, agarraba cualquier jale que saliera, no salí­a con amigos y todo lo que ganaba lo guardaba y enviaba a mi esposa para la escuela de mis hijos y sus gastos” enfatiza Don Cruz con un merecido acento y rictus patriarcal. Nunca tuvo un ticket ni problema alguno con la ley. Su honestidad y trabajo le precedí­an. La mayor parte de su estancia en Los íngeles vivió en apartamentos compartidos con otros 4 o 6 inquilinos.

Nunca tuvo papeles, siempre vivió en la zozobra de su estado migratorio, con el temor rondando sus dí­as y noches por no ser deportado. Se sabí­a el pilar económico de su familia. Pero un dí­a, con la graduación de su última hija, su jornada laboral culminó. Una jornada de casi 15 años. Tomó sus cosas, que nunca incrementaron, como recordatorio de su paso temporal por tierra americana. Como testigo de la promesa de retorno a su terruño, a su Cuauhtémoc querido.

Ahora todos y cada uno de sus hijos e hijas tienen una carrera terminada, dos son licenciados en Derecho, una es Ingeniero en Sistemas Computacionales, otro Ingeniero Civil, una Enfermera y un Profesor de Educación Primaria. Ninguno de sus hijos emigró a los Estados Unidos para y como lo hizo su padre. No lo necesitaron. Don Cruz tiene una casa de dos pisos con claras reminiscencias californianas y unos terrenitos que ha heredado a sus “niños”. Todo producto de sus ahorros y la buena administración de su esposa.

El ví­nculo con la Unión Americana ahora prosigue, aunque de diferente manera. Dos de sus hijos planean realizar estudios de posgrado en Instituciones Educativas de los EE. UU., tres más tienen visa de turista y van una o dos veces por año de vacaciones. Al otro, el menor, simple y llanamente no le interesa ir.

Estimado lector intentar definir o explicar el fenómeno de la migración, desde la lí­nea de opinión de este espacio, es una acción que no está prevista en su objetivo inicial. Convivir con los actores que la viven dí­a a dí­a hace que nuestro juicio de valor mute constantemente dependiendo de quién nos comparta su historia.  Es Usted  quien tiene, de manera libre y personal, la última reflexión en relación a esta realidad zacatecana.

 

 

 

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