SUS PAREJAS SE FUERON A EU; ELLAS AFRONTAN SOLAS LA MISERIA

En Zongolica son ignoradas por las comunidades
 
Por Flavia Morales, corresponsal

Zongolica, Veracruz (CIMAC).- Carmen Flores ya dejó de contar los dí­as y las horas, perdió la esperanza después de ocho años sin ver a su marido, quien migró a Estados Unidos.

Su marido, un dí­a dejó de llamar y enviar dinero. Se fue en busca de una mejor oportunidad de trabajo para sacar adelante a sus tres hijos, pero hace tres años que desapareció.

“Al principio pensé que algo le habí­a pasado, porque tenemos casos de familiares que han tenido accidentes, pero después pues ya nos abandonó, y pues lo que prometió no lo cumplió”, relata.
Tiempo después, Carmen indagó con sus vecinos y supo que “allá” tení­a nueva pareja y hasta otro hijo.

La situación la llevó a regresar a casa de sus padres, donde ahora ayuda con lo que puede, y es apoyada por su hermano mayor que también vive en EU.

Cuando su esposo se fue, su hijo menor era recién nacido, ahora tiene siete años. “Está duro, quiero rehacer mi vida, pero primero están mis hijos, tengo un hermano que trabaja en Carolina del Norte, él nos ayuda a mis hijos y a mí­â€, cuenta Flores.

Su historia, reconoce, es similar a la de una decena de mujeres de su comunidad, ubicada a dos horas de Zongolica, una de las  regiones más empobrecidas del paí­s.

Hay algunos  casos afortunados que se pueden ver reflejados en la construcción de casas de dos pisos, pero muchos otros desafortunados, donde las mujeres han sido abandonadas por los esposos, dejadas al cuidado de sus familias polí­ticas, sin esperanza para comenzar una nueva vida.

En la sierra de Zongolica la pobreza invade a las comunidades, las estadí­sticas señalan que sólo 25 por ciento de la población cuenta con pavimentación, agua potable, drenaje y ahí­ se ubican al menos 10 de los municipios más pobres del paí­s.

Dora Marí­a Coahua, tiene 32 años y tres hijos, uno de 12 y otro de 15. Su esposo tiene un año en Atlanta (EU), se fue como migrante irregular; para irse al paí­s vecino pidió 13 mil 500 pesos prestados y los sigue pagando con intereses.

“Es difí­cil, hay que hacerla de mamá y papá, está canijo con el de 15. Mi esposo quisiera estar aquí­, él está trabajando (en EU) de jardinero, por lo menos dos años más se quedará por allá”, dice.

Su hijo más pequeño de año y medio, Enrique Chimalhua Coahua, nació con labio leporino; hasta los 14 años necesitará 12 operaciones, las dos primeras fueron pagadas por el DIF, pero las demás no saben, por eso su esposo se fue.

Dora se dedica a la cosecha de maí­z en las tierras que dejó su marido, con eso y con dinero que le enví­an come, sin embargo reconoce que no la tiene fácil para salir adelante.

“Es difí­cil tener que hacerlo todo, encargarse de la tierra, de los hijos, pero es la única manera que tenemos de sobrevivir, no hay de otra”, relata.

LOS PUEBLOS SE HAN QUEDADO SOLOS

Roque Quiahua, presidente del consejo indí­gena náhuatl, asegura que la migración se ha vuelto un modo de vida, una forma de tener un empleo y mejores condiciones, y la realidad se refleja porque cada dí­a las comunidades se van quedando sin mano de obra para trabajar, sólo con mujeres, personas adultas mayores, niñas y niños.

“No queda de otra, no hay fuentes de empleo, se van mujeres, niños y familias completas, ya sea como jornaleros a Sinaloa o Estados Unidos; algunos se han ido a quedar, los traen en camillas o cajas”, comenta.

La única fuente de empleo en esta parte de la sierra es el campo, que ya no vale, el chapeo o la limpia de caminos, donde el pago del jornal está en 49 pesos. La gente se sostiene principalmente del programa federal Oportunidades.

Esta situación ha obligado a mujeres y hombres a migrar a EU o bien a irse de jornaleros a estados del norte del paí­s, sin embargo en muchos casos ya no regresan porque hacen su vida, y las mujeres se quedan solas a cargo de los hijos y al frente del hogar.

“Esto también ha traí­do otros problemas, como la desintegración familiar, el alcoholismo, los embarazos en adolescentes y las niñas ahora sin orientación, pues a los 12 o 13 años ya se quieren casar”, explica Quiahua.

REMESAS CONDICIONADAS

El abandono de sus esposos que partieron a EU y el 100 por ciento de la carga de las labores del hogar no representan una mejor condición de vida para las mujeres de las comunidades, asegura la investigadora en temas de equidad y género de la Universidad Veracruzana, Estela Casados González.

Detalla que aunque participan en asambleas ejidales o en labores de la casa, o el estudio de sus hijos, esto no garantiza su participación ni que su voz sea tomada en cuenta.

“Al irse el hombre a Estados Unidos, su jornada laboral cotidiana se vuelve más pesada, porque hacen trabajo doble sin que esto represente una mejor retribución económica o un empoderamiento en la comunidad, sólo son representantes y no toman decisiones”, aclara.

La experta señala que la mayorí­a de las mujeres jóvenes que se quedan en las comunidades son “encargadas” por sus maridos a la familia polí­tica, lo que genera problemas graves de abusos, como por ejemplo que las remesas que les enví­an son condicionadas.

“Hay muchas mujeres que son depositadas en casas de sus suegros, están sometidas a vigilancia extrema, están sujetas a la voluntad de otras personas, tienen que seguir determinadas reglas, y el dinero les es condicionado”, comentó.

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