Por: Dra. Julieta del Río Venegas
Zacatecas, Zacatecas.-Cada 13 de enero se conmemora el Día Mundial de la Lucha contra la Depresión, una fecha que invita a poner en el centro del debate público una enfermedad que sigue siendo uno de los grandes retos de la salud pública en México.
Millones de personas en el país han enfrentado algún episodio depresivo. Y qué decir después de la etapa tan lamentable que vivimos durante la pandemia por COVID-19. Aun así, seguimos hablando poco, mal o nada de esta condición, que afecta profundamente la vida de quienes la padecen y de quienes los rodean.
La depresión con frecuencia sigue siendo confundida con la tristeza, y esa confusión cuesta caro. La tristeza es una emoción natural ante una pérdida, un duelo o una situación dolorosa; es humana y, generalmente, transitoria. La depresión, en cambio, es una enfermedad, una condición de salud mental que no desaparece con frases motivacionales ni con únicamente fuerza de voluntad.
La depresión aísla. Apaga el interés por la vida cotidiana, roba el apetito, altera el sueño, nubla la mente y, en muchos casos, empuja a las personas a un silencio peligroso. De acuerdo con cifras del INEGI, en México más de ocho mil personas se quitan la vida cada año, y las tasas han mostrado una tendencia al alza, especialmente entre jóvenes y adultos en edad productiva. Este dato obliga a mirar la depresión no como un asunto individual, sino como un problema urgente de salud pública.
Detrás de cada cifra hay una historia, una familia y una oportunidad perdida de intervención, por eso hablar de depresión no es exagerar; es prevenir.
En lo personal, he tenido la oportunidad de conocer de primera mano lo que implica atravesar un episodio depresivo, como muchos en esta vida. Esa experiencia, vivida hace años, me llevó a comprender algo de lo que poco se habla: la depresión no es solo emocional; también tiene componentes biológicos. Entre ellos, conocí la relevancia del litio en la salud mental.
El litio es ampliamente utilizado en psiquiatría como tratamiento para ciertos trastornos del estado de ánimo. Sin embargo, es menos conocida la discusión científica en torno al litio como oligoelemento, presente en pequeñas cantidades en el organismo y en el medio ambiente.
Algunos estudios han observado que niveles muy bajos de litio podrían asociarse con mayores tasas de depresión y suicidio, aunque este tema aún continúa en investigación. Mencionarlo no implica simplificar la enfermedad ni promover la automedicación, sino reconocer que la depresión tiene bases biológicas reales y que no es una debilidad personal.
La depresión es multifactorial: intervienen factores genéticos, neuroquímicos, sociales, emocionales y ambientales. Negar cualquiera de ellos es reducir el problema y, peor aún, dejar sin ayuda a quienes la necesitan.
Por eso, este 13 de enero no debería ser solo una fecha simbólica. Debe convertirse en un llamado urgente a la acción. A las autoridades, para que la salud mental sea una prioridad real en las políticas públicas, con presupuesto suficiente, atención accesible y programas de prevención eficaces.
A las instituciones de salud, para fortalecer la detección temprana y el acompañamiento profesional oportuno. A los medios de comunicación, para informar con responsabilidad, sin estigmas ni estereotipos.
Y a la sociedad en general, para escuchar más y juzgar menos. Para aprender a decirle a un familiar o a un amigo que no está solo. Cuando se sienten estos síntomas, pedir ayuda es un acto de valentía, no de debilidad.
Hablar de depresión salva vidas. Visibilizarla rompe el silencio. Atenderla a tiempo puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.
Que este 13 de enero no pase desapercibido. Porque la depresión existe, duele y mata cuando se ignora, pero también se puede tratar, acompañar y superar cuando se enfrenta con información, empatía y responsabilidad colectiva.
