Por: Salvador Echeagaray
Académico de la UAG
¿Cuántas fake news se encontró hoy? ¿cuanto tiempo ha imaginado en su sillón la mansión soñada y, ya la tiene? Y sus amores de las redes ¿resultaron lo que esperaba?
Vivimos en un mundo esclavizado por algoritmos, realidades virtuales y la fragmentación de la verdad, pues cada quien tiene su «verdad».
Por ello, hoy en día una filosofía realista, como la propuesta por Aristóteles y Santo Tomás de Aquino se alza como una brújula segura para dirigir nuestra vida.
¿Qué es el realismo filosófico?
A diferencia del idealismo que prioriza las ideas o las percepciones de la mente o, del escepticismo radical que niega nuestra capacidad de conocer, el realismo sostiene que hay una realidad extramental independiente de nuestros gustos, percepciones o preferencias.
«Las cosas son lo que son, sin importar cómo las llamemos, las sintamos, nos gusten o no».
¿Por qué el realismo es determinante hoy?
1. Es el antídoto contra la postverdad.
Contra ideologías perversas el realismo nos obliga a confrontar los datos duros.
Al aceptar que hay una verdad «ahí afuera» nos lleva a poder dialogar con otros sobre bases sólidas evitando la polarización.
Sobre cualquier cosa la verdad es una. Si sobre lo mismo, hay «varias verdades diferentes entre sí, luego tenemos varias mentiras».
2. La ética de la responsabilidad
Nuestras acciones buenas o malas infieren en un mundo real. Luego, nos hace ser responsables, o sea, responder sobre nuestros actos.
3. Salud mental
Gran parte del día la pasamos en redes sociales, «realidades virtuales» y «universo paralelos», por tanto una buena dosis de realismo nos ubica en lo que es y de ahí partir para mejorar nuestro entorno.
Realismo vs. pesimismo
El pesimista cree que todo saldrá mal, el optimista que todo saldrá bien. El realista sopesa el entorno y puede tomar las decisiones adecuadas, planear cómo actuar para conseguir sus sueños.
Ergo, ser realistas no es ser amargados, pesimistas, ni ilusos es ver la vida tal cual es, y aceptar lo que no podemos cambiar y tener el valor para cambiar lo que no nos guste.